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La última danza del chamán

“En el jardín de las artes, dejad crecer todas las plantas. El tiempo se encargará de decidir cuáles son verdaderas”. M.T.T.


E l absoguedi, el verdadero hombre artista de La Villa de Los Santos ha muerto. Su nombre permanecerá en el sitial que ganó desde el lienzo al dedicar su vida a la pintura, acatando con humildad y disciplina los dictámenes y señales que, como el mismo dijo alguna vez, recibía sin saber cómo ni de quién.

Con este escrito quiero sumarme a la pena y al dolor que embarga a los padres de Raúl Vásquez Sáez, a su esposa y a su hermano también artista, así como a todos los que admiramos su obra y lo quisimos como amigo. Porque hay que decir de Raúl que, además de un gran pintor, fue un extraordinario amigo. Un hombre de sentimientos limpios y de pensamiento diáfano para quien las palabras que se dicen, cuen tan menos que las que se callan. Uno de esos seres especiales, con quien se logra consolidar una amistad pese a las naturales barreras del tiempo y la distancia.

 

Como artista fue un incansable buscador de señales. Alguien que sabía dialogar con los espíritus sin dejarse dominar por ellos, simplemente era uno más de la conversa. Pintaba y creaba intuitivamente, apelando a lo primitivo, a lo inconsciente que había en él. De allí que no resulta tarea fácil apreciar y entender la obra de R.V.S., sin una dosis de sensibilidad espiritual o al menos con la predisposición de intentar buscar en sus pinturas, ese sentido mágico inherente al chamán.

Su discurso introspectivo, muy al margen de la superchería, está cargado de simbolismos. Sus texturas subyugantes toscas, pardas, secas, terrosas; desbordan el misticismo indígena propio de nuestros ancestros, y actualizan los mitos de la realidad circundante que todos conocemos y vivimos.

 

R.V.S. fue un guerrero espiritual, un soñador de soles que a temprana edad decidió dedicarse por entero al arte, supongo que a partir del momento en que se dio cuenta de que el grito y la queja no sirven de nada. Con su visión transparente del mundo emprendió la tarea de transformar su entorno. Su pintura enigmática llena de misterio, nos regaló un mundo mágico con el que renovó en el ánimo, especialmente de los artistas de su generación, la capacidad de creer en el arte para enfrentar y vencer las tinieblas de la mediocridad y el conformismo de nuestra frívola y depauperada sociedad.

Ciertamente, con su particular estilo, pintó los anhelos y esperanzas de su aldea y al hacerlo pintó también los anhelos y esperanzas de todo el planeta. De hecho así lo confirma Hansleo Wimmer de la galería Wimmer en París, cuando refiriéndose a R.V.S., a raíz de una exposición del artista azuerense en Francia, dijo: ".…busca las fuerzas regeneradoras del presente dentro de los abismos prehistóricos y los mitos de una realidad venidera que a todos nos toca."

 

En efecto, Raúl Vásquez Sáez, universalizó su técnica al proyectar una propuesta, por encima de los paganos y falsos regionalismos costumbristas con los que infructuosamente se intentó al principio, encasillar su arte bajo parámetros y moldes consumistas del mercado. Desafortunadamente, en otros artistas menos perseverantes, dichos intentos han tenido éxito, tornando su arte complaciente y parroquial.

La obra de Raúl, en cambio, es dueña de una independencia, espontaneidad y autonomía desconcertantes, tanto en el color como en el espacio. En ella, sin perder fluidez y armonía se observan recuadros asimétricos intercalados. De igual factura son esas marcas o escarificaciones que el artista insertaba sobre el lienzo, unas veces con el mango del pincel, otras con la espátula o simplemente con un clavo o con el pedazo de madera que tuviese a mano en el instante creativo. Son, a mi modo de ver, esos códigos texturados en sus cuadros, los que facilitan luego al espectador, el viaje metafísico para descubrir el placer estético de leer y entender el complejo simbolismo pictórico de su obra.

Sin embargo, para el observador desprevenido, la obra de R.V.S. puede parecer arcaica primitiva y aleatoria. Pero en verdad no se trata de un arte hecho aprisa ni de manera casual. Estoy convencido de que en el instante creador, los espíritus danzaban a su alrededor, susurrándole al oído el contenido de la obra. Raúl confiaba plenamente en esta fuerza interna. Se sentaba con su duende interior en torno a la hoguera, como el sacerdote místico o chamán de las culturas indígenas ancestrales. No tenía nada que buscar fuera de sí mismo. Sus meditaciones y danzas chamánicas le bastaban para esclarecer ideas y visualizar cada proyecto que luego tomaba forma en su taller-santuario a orillas del río La Villa. De esta manera, a partir de esas intuiciones místicas, nació cada obra de su extraordinario legado.

 

Así era Raúl, el artista y el amigo que conocí. El alquimista con un destino superior que desde un pintoresco pueblito del interior de Panamá, extrapoló su arte al mundo. Allí, desde la soledad de su taller-santuario, ante la presencia solo permitida de su musa y guardiana de cabellos negros, con la eventual presencia y adicional mirada aprobatoria de su perro Duende, surgió cada día ante el lienzo en blanco, el genio creador… el mismo que finalmente una tarde de este octubre torpe y lluvioso… realizó su última danza.

Perfil.
Su obra es dueña de una independencia, espontaneidad y autonomía desconcertante.


fecha edicion
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417382
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América