“Los recuerdos, como los perros, se echan donde les apetece” Noteboom
Cuando un hombre asesina a otro, le roba lo que iba a vivir, le borra la vida, la rompe en pedazos como hoja de papel y la echa al viento, al mar. Cuando un hombre se suicida hace lo mismo consigo. Son dos formas estrafalarias de acabar con una vida. Los accidentes, las enfermedades y las mil formas de morir que inventó la televisión quedan fuera de esta disquisición, son salidas normales de la vida, destinos ineludibles.
Todo esto porque recordé la primera vez que mi vida estuvo en peligro de no ser vivida. Recién llegaba como oficial en prácticas a un petrolero de la Mene Grande Oil Co. Era mi primer barco. Tras acomodarme en el camarote, salí a cubierta. Nos alejábamos de Maracaibo, rumbo a Lagunillas, donde llenarían la panza del barco con petróleo crudo. Caminé campante por la desolada cubierta. Las tres de la tarde, la temperatura no bajaba de 38 grados, pero yo estaba fresco y feliz en mi primer barco. Encendí un cigarrillo y aspiré profundamente (imitando a James Garfield). De pronto noté que el segundo de a bordo me hacía señas de alarma. «¿Qué dice? –pregunté con las manos y los hombros–. El pobre hombre gritó desesperado: «¡Cuidado con ese cigarrillo! ¡No lo tire, por Dios! ¡Camine lento y échelo al agua por la borda!». Entonces caí en cuenta de que estaba en medio de los cuellos de ganso que son los respiraderos de los tanques. Por allí escapan los gases más explosivos del petróleo. Cumplí la orden, incluso con una mano cubriendo el cigarrillo para que no escapara ni ceniza. Vi como cayó a las grises aguas del lago. Me volví. El segundo regresaba a la cabina del puente. Seguro iba temblando como yo. Fue entonces que comencé a imaginar lo que podía haber pasado. Cualquier chispa cerca de los respiraderos hubiese hecho explotar el tanque vacío lleno de gases y con suficiente aire (llenos no hubiesen sido tan peligrosos). El barco, con todo y tripulación, sólo hubiese sido noticias de un par de días en Venezuela y el mundo. Luego, yo, sólo sería luto para mi madre y uno que otro recuerdo de mis amigos. Tenía veinte años. Hoy vuelvo a temblar porque, de haber muerto, no hubiese vivido la vida que he vivido.