Deportes

La viuda del bacanal

En el alborozo, justo antes del orgasmo, Máximo le pide confesiones. Dime que yo soy el mejor, el mejor de todos..


La mujer subió al apartamento para tomarse una más, la del arranque, como le había prometido Máximo Amores en el bar. Viuda, madrileña, de unos cuarenta y cinco años y vestida de negro a causa de su reciente duelo, en el fervor de sus deseos sexuales injustamente reprimidos y de las copitas de Anís del Mono, no solo se acostó con Máximo Amores sino con cada uno de sus compañeros.

Al mes, la viuda del bacanal —como la apodaron— llamó a Máximo Amores y le pidió que se vieran, pero esta vez solos, él y ella, nadie más, enfatizó. A Máximo Amores el requerimiento le alborotó el ego y le endureció el miembro. «De todos, lo había escogido a él», pensó. Concertó la cita y ella llegó puntual, toda de negro, como la primera vez. Se metieron de inmediato en la habitación y se sentaron en la cama. Sobre la mesilla de noche Máximo Amores había colocado una botella empezada de anís, dos vasitos, y en un turíbulo quemaba incienso de pachulí que le había comprado a un moro por 200 pesetas junto a una caja de condones de colores.

Estuvieron fuma, bebe, besa, se quitaron la ropa, él a ella y ella a él. Se les ocurrió pasarse un trago de anís de boca a boca, hasta que se le escurriera por el gaznate o se le saliera por las comisuras de los labios. En uno de esos intercambios ella se tumbó de espaldas para estar más cómoda. Máximo Amores aprovechó para buscarle los senos y con la punta de la lengua endulzada de anís lamerle las enormes areolas, y moviendo la cabeza en círculos, cada vez más pequeños, chuparle un pezón para luego soplárselo con un chorrito de aire fino y anisado, como si estuviera silbando pero sin sonido. La sensación de calor y frío hizo que la viuda del bacanal cerrara los ojos, respirara hondo y se torciera arqueando la espalda hacia arriba y apretando los muslos.

Así estuvieron: lame, sopla, suspira, gime y entonces lo inevitable, postura, monta, embate, meneo, ¡ah, oh! En el alborozo, justo antes del orgasmo, Máximo Amores le pide confesiones. «Dime que yo soy el mejor, el mejor de todos, el que más te hace gozar», y ella le respondió al oído con gemidos abstractos, con quejiditos inentendibles que a lo que más llegaron fue a babearle toda la oreja.

A la mañana siguiente, con la boca pastosa y la resaca empalagosa del anís, volvieron a repetir pero esta vez él no le pidió que le reivindicara su hombría y entonces ella no le babeó la oreja.

(Compositor y guitarrista)


fecha edicion
old id
948437
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América