Deportes

Lámparas chinas

“Creo en el fuego. Estando yo en llamas enciendo a otros” Anais Nin Llegó al aposento rojo caminando de puntillas. Con suma delicadeza


“Creo en el fuego. Estando yo en llamas enciendo a otros” Anais Nin

Llegó al aposento rojo caminando de puntillas. Con suma delicadeza enciendo las pequeñas lámparas chinas –tan frágiles en su papel de seda como resistentes al viento que las quiere apagar–. Bajo su tenue luz, comienzo a reflexionar sobre el sexo en la filosofía oriental. La meditación nos hace, al menos, asomarnos al borde de los asuntos que deseamos comprender.

Comienzo a desmenuzar los misterios de jade y terciopelo del sexo en el Celeste Imperio. Atrevimiento el mío. Lo que sigue es simple percepción, pero a mí me estremece. Los asuntos del Yin y el Yang, más que representar un estricto orden universal, los considero personales y llenos de yogurt sexual. Por supuesto, me permito esta opinión porque no soy un taoísta. Soy un manipulador de palabras y por eso la sonoridad del Yin y el Yang me encierran voluntariamente en una privada campana de resonancia sicalíptica. Me convence más la sensualidad de las palabras: «Yiiiín... Yaaaang», que el significado nirvánico que les da el Tao. Que en la filosofía oriental (démosle nacionalidad china) el Yin sea una fuerza pasiva, me parece una incongruencia pues no hay fuerza pasiva. La fuerza, si no produce movimiento, tiende a deformarlo, desviarlo, y, aplicado en contraposición a la fuerza que mueve, la fuerza opuesta la puede detener e igualándose ambas se convierten en inercia, en tensión, eso no puede llamarse pasividad. Acepto gustoso que el Yin represente la humedad (así como la dureza es clara virtud masculina, la humedad es la afirmación de la “hembría” (deliciosa palabra que acuñó una amiga). Seguro que sí, pero tampoco es estática la humedad. Puede que el Tao sea estático, como lo es la eternidad, mas no así las dos fuerzas de la vida. Me desvía el delicioso viento poético que compara el Yin con la tierra, el agua y la luna; y el Yang con el cielo y el fuego. Creo que siempre, por muy insensata o simple que sea la unión del Yin con el Yang, se logra algo cercano a la perfección: equilibrio de colores, melodías que se complementan, y también, por qué no, orgasmos indescriptibles, compartidos, totales. El aire se ilumina espectacularmente asombrando a los espectadores (o sea a la pareja misma); sus efectos son estremecedores, misteriosos, divinos, luminosos... sobre todo luminosos. ¡Alúmbrame, quémame, lámpara china!


fecha edicion
old id
973931
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América