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Las máscaras, el Carnaval y lo que somos nosotros

Un niño ataviado con montuno y un bigote pintado a pulso con un delineador negro o una niña empollerada y maquillada como mujer grande, en


Egbert Lewis (egbert.lewis@pasa.com) / PANAMA AMERICA

Un niño ataviado con montuno y un bigote pintado a pulso con un delineador negro o una niña empollerada y maquillada como mujer grande, en algún tiempo personificaban el encanto del Carnaval panameño.

Al igual que para Navidad, la gente se desbocaba en una sana competencia por lucir atuendos nuevos, pero sobre todo, vistosos y originales. Eran tiempos de máscaras, de abundancia de resbalosos y de comparsas que avanzaban por las calles con ritmos cadenciosos y tonadas de las canciones en boga. Siempre hubo guaro, música, “guiales” y campana; al fin y al cabo, eso es el Carnaval, un momento de transición que el hombre aprovecha para desinhibirse, soltar las amarras y archivar la realidad para volver a ella después del entierro de la sardina.

Por eso que el Carnaval siempre ha sido una fiesta buena. Que tenga sus defectos, claro, cómo no padecerlos si se trata de una celebración llevada a cabo por hombres. Es una fiesta buena porque nos divierte y a la vez sirve para que muchos revelen su auténtico yo y, aunque parezca un contrasentido, se quiten la máscara que usan durante todo el año cuando esconden su cara real.

Pero no confundamos el mostrar la verdadera cara con pontificar el mal gusto, como ha sido la tónica en los últimos años. Los panameños no somos un pueblo de borrachos, afeminados y atorrantes, como algunos nos han querido hacer creer, mostrando solo la faz negativa de nuestro Carnaval.

Al contrario, somos ese niño que tiene ganas de ser hombre, o esa niña con apuro de ser mujer grande. Somos baile, chanza, color, música, folclor, alegría, comparsa. Somos Domitila y Doroteo. Somos carros con sus alegorías, murgas y reinas; somos belleza.

De eso se trata el Carnaval, de mostrarnos como somos en realidad, a pesar de las máscaras. No es una celebración para disminuirnos moralmente ni para mostrar solo lo feo.

La próxima semana, cuando estemos disfrutando de un nuevo reinado de Momo, recordemos que después de que pasen los cuatro días, volveremos a vernos las caras y, sobre todo, que esos niños y niñas que representan la inocencia, una vez se borren los bigotes y se quiten el atuendo de mujer grande, nos seguirán viendo. Enseñémosles a divertirse, pero por encima de todo, démosles un buen ejemplo.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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