Me gusta el boxeo. El boxeo de antes, quizás. Alguna vez, cambiando de canal en medio de una noche madrileña sin sueño, he visto la bandera panameña en los pantalones cortos de algún púgil desconocido para mí y me he quedado a ver a dos tipos darse de golpes con elegancia y pundonor. Un deporte de “salvajes” he escuchado decir a algunos pero, para muchos de nosotros, el de antes, quizás, nos tenía siempre al borde del éxtasis patriótico.
En mis años mozos, confundido entre la ficción y la realidad, un boxeador de cómicas invade mi memoria: Sawamura. El tipo practicaba el “boxeo patada” y su historia en cada capítulo era una lección más de superación y disciplina. Ahora le llaman kick boxingcomo si pegarse en otro idioma fuese más glamuroso. Tendremos que pelearnos por la Lengua, que en breve visitará Panamá con un Congreso que promete.
Ya en el terreno de la “realidad” están Hilario Zapata, Alfonso Cueto y el “Cieguito” Ríos con los que me crucé alguna vez por Calidonia o Parque Lefevre, gente que tocó la gloria y que de cerca caminaban sobre su sombra con tanta naturalidad que parecían de mentira.
Sin duda, el boxeo nos ha dado mucha gloria, sobre todo por los guantes de un mito: Roberto “Mano de piedra” Durán. Nunca he vivido tan cerca de la construcción de una leyenda. Viendo a Durán, tenías la sensación de que no andaba sobre su sombra, era de otra dimensión. De chico le vi de lejos por la Central y me parecía un titán en su delgadez fibrosa.
Me acuerdo de que Ramón Pereira, de Radio Mía, decía que no podía ver las peleas de Durán en directo porque tenía afectado el corazón. Cuando veíamos el combate, el señor Armando, en mi calle en Calidonia, sacaba el televisor por su ventana, en la vieja casa de madera donde vivía. La fanaticada sacaba sus cervezas y sus sodas y se sentaba a ver la pelea: “dale duro, dale, dale, jai, jai, derecha, izquierda, derecha… y eso fue todo pa’l campeón” y nos levantábamos con las manos en alto en señal de victoria y nos sentíamos orgullosos, más si cabía, de ser panameños. ¡Qué tiempos aquellos!
Las historias de boxeadores siempre tienen tintes trágicos, están llenas de un recorrido vital que se va acumulando como roundsde un combate en el que, muchas veces, se quiere tirar la toalla o vamos perdiendo por puntos. En la literatura de estos años hay dos novelas con esta temática que me han gustado. La de Eduardo Berti, “La sombra del púgil” y la excelente nueva novela del argelino Yasmina Khadra, al que tienen que empezar a leer ya y al que tenemos que invitar a nuestro país. “Los ángeles mueren por nuestras heridas”, es la historia de Turambo, un joven que termina subido a los cuadriláteros para vencer con los puños la miseria. Una novela que dibuja los avatares de los argelinos en el periodo de entreguerras y que tiene muy interesantes nexos con nuestra historia.
Tal y como están las cosas en este país, creo que la metáfora del boxeo nos viene muy bien. Son estos días (rounds) que no podemos bajar la guardia. Los golpes vienen de todos lados, el contrincante se faja bien, castiga nuestros costados con ignorancia y recortes. Son golpes duros. Hay que responder con un buen gancho de lectura y un directo de criterio a la mandíbula: solo así ganaremos el combate contra la adversidad. No hay que rendirse ni esperar que nos salve la campana.
Durán daba duro, “purita potencia”, y hasta Tyson quiso ser boxeador por “El Cholo”. Una leyenda que nos sigue dando que hablar y que se le aparece en sueños a mi querido Juancho Armas Marcelo en Madrid. Tan leyenda es Durán, que tiene fantasma estando en este mundo. Lo mejor del boxeo, el de antes, quizás, es la épica que enseñaba, la metáfora que nos dejó. La sensación de victoria sobre enemigos mayores, sobre nosotros mismos.