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A propósito del artículo de Hernán Casciari (“El celular de Hansel y Gretel”, 6 de junio), comentábamos el domingo pasado que en literatura no hay temas nuevos, pero existen formas distintas y renovadas de tratarlos. Esa vez aseguramos que los adminículos electrónicos, tan de moda hoy en día, no van a cambiar esta realidad.

Pues sí, el desencuentro, la incomunicación, la soledad, vistos como temas literarios, no son potestad de la era previa a los teléfonos móviles. El pasado 4 de junio se cumplieron 227 años del primer vuelo de un globo aerostático, creado por los hermanos Montgolfier (Joseph y Jacques); esa vez sólo ascendió el artefacto frente a cientos de franceses, pero meses después, luego de que lo hicieran unas cuantos animales de corral y sobrevivieran, un maestro de Química y Física llamado Jean-François Pilâtre de Rozier, junto al marqués François Laurent d'Arlandes, dieron el gran paso y subieron al canasto coronado por una bolsa de aire caliente, en el que transitaron a cierta altura por casi media hora, para un viaje de nueve kilómetros.

Si bien eso sucedió en 1783, nada nos dice que el alejamiento, la incomunicación, los silencios, perdieran un ápice de su prestancia en las obras literarias, por la posibilidad que había de comunicarse en este expedito medio (Dumas, en 1844, publicó El Conde de Montecristo, donde la separación de Edmundo y de Mercedes no es impedida en ningún momento por la existencia de ese modo de viajar); pero sí surgieron obras como las de Julio Verne, “5 semanas en globo” (1864) y “La vuelta al mundo en 80 días” (1873). Es decir, el invento no acaba con los temas, pero potencia otras formas de tratarlos.

 

No creo necesario citar la invención del telégrafo (1844), o del teléfono (c. 1870), o recordar las proezas en materia de aviación de los hermanos Wrigth (1903), ni el Modelo T (1908); tampoco el primer vuelo sobre el Atlántico (Lindbergh, 1927), ni la aparición de la televisión (c. 1928), o de la Betamax (1976) o el auge de Internet (a partir de 1990). Todos han sido hechos que le han cambiado la cara a la humanidad en cuanto a comunicación, pero no han podido declarar la caducidad de los temas literarios: soledad, aislamiento, incomunicación, siguen allí.

Claro, muchas tramas de la antigüedad sufrirían cambios en su planteamiento, pero eso no significa que el tema esencial cambiaría. Es más, literariamente hablando, hoy existen más posibilidades de tratar estos temas clásicos a partir de la amplia gama de tecnología disponible.

¿Es o no cierto que una reunión entre personas que, cada una por su lado, se concentra en contestar mensajes en su Blackberry, constituye por sí sola una poderosa estampa que habla de soledad, si se trasladara al escenario de un teatro? ¿Miento si digo que la banalidad que impera en la gran mayoría de los mensajes que se transmiten por estos canales representa un detrimento en la calidad de nuestras relaciones interpersonales?

 

Me atrevo a asegurar que, bien manejado, aún podríamos hacer una buena novela basada en un personaje (coronel o no) que mira y remira su celular, en espera de que lo llamen para decirle que su bono de los cien para los setenta ya fue aprobado, mientras despotrica cada vez que ingresan a su buzón alguno de los mensajes autopromocionales de las empresas telefónicas.

En conclusión, los temas fundamentales de la humanidad son, en literatura, como el sol, que alumbra siempre, aunque para nosotros sea de noche.

¡Feliz Día del Padre para todos los lectores de Día D!

 

Que la palabra te acompañe.


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569882
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América