Al contemplar los siglos en los que la humanidad ha dejado su débil huella en este universo, me sonrojo y pienso en todo aquello en lo que nos hemos ilusionado y hemos apostado por verdades a medias o mentiras completas, como es el caso de creer que hay libertad. Mi aporte a este cuestionamiento quizá no sea el más enjundioso; pero nace de mi inquietud como ser vivo que se siente presa de convencionalismos, de absurdas ideas sobre un concepto que solo es eso: una idea, una hermosa utopía.
Analizaba en estos días y pensaba: ¿Realmente hay libertad de expresión? Pensé en dos escenarios: el público y el privado. No me circunscribí solo a nuestro país, sino al mundo. Concluí que no. Si en el ámbito público hubiera esta libertad no habría perseguidos, ni mucho menos amordazados civiles ni desaparecidos, en los casos más extremos. En el ambiente privado las limitaciones a la libertad de expresión son igualmente dramáticas: los padres que acallan a los hijos de un bofetón; los maridos, cónyuges y parejas que comenten femicidio por un reclamo justificado o no, solo por dar algunos ejemplos. Únicamente poseemos un concepto que se desvanece ante los intereses de los que ejercen el poder.
Si continuamos examinando el resto de libertades (consignadas en tratados internacionales de Derechos Humanos) nos percatamos de la irrealidad que encierra este concepto. Por otro lado, hay otra acepción que vale la pena esculcar: ¿existe la libertad de escoger o decidir sobre algo? Al responderme esta pregunta se me nublaron los ojos, porque tampoco somos libres ni siquiera para eso. Vivimos presos de convenciones, circunstancias y posibilidades. Ante la decisión de vivir aquí o allá, por ejemplo, privará mi capacidad económica, por lo tanto, si algo limita mi elección no hay libertad. Por otro lado, las opciones tan poco son infinitas al momento de elegir, hecho que coarta la libertad, porque entonces solo podemos seleccionar de lo existente.
A la par de todo esto, los seres humanos vivimos cautivos de convenciones sociales, de la moda, de las hipocresías políticas y de las falsedades en las relaciones humanas, por citar algunas áreas donde la libertad no es más que apariencia.
En conclusión, mientras haya fronteras (geográficas e ideológicas), mientras el ser humano no abandone sus románticas posturas ante la vida, mientras los Estados sometan, los poderosos abusen, la libertad solo será una definición más; pues no puede ser libre quien depende de alguien o de algo.