La evolución histórica de la humanidad ha devenido en tipos de hombres y mujeres que responden a códigos, a veces, contradictorios o antagónicos. Por ejemplo, hubo una época en la que la minifalda, el color rojo, las tobilleras, los tatuajes, las chancletas con suela de madera (a las que las usaban y se dedicaban al antiquísimo oficio, les decían chancleteras, por el taconeo en las calles oscuras y silenciosas) eran signos inequívocos de prostitución. Hoy, algunos de estos elementos no representan nada en particular, quizá una tendencia de la moda y, en algunos casos, una moda estigmatizada (las personas con tatuajes no son contratadas por ciertas empresas). Es así, pues, que como afirmaba Fromm en su obra El miedo a la libertad, “los factores sociales, los valores y las normas éticas influyen en el estudio de la personalidad total”. Cada sociedad, entonces, impone reglas, condiciones que castran la verdadera libertad de los seres humanos. Entonces, según mi parecer, la libertad es solo una posibilidad para escoger de las opciones, que si bien es cierto suelen ser numerosas, no indica que sea un acto auténtico y único. ¿Hay entonces libertad? ¿Hay miedo a la libertad? Social, biológica y ecológicamente vivimos atrapados en una urdimbre de normas, reglas, procesos. Quizá el problema mayor de la humanidad es que no reconoce que es una brizna al viento en medio de este universo infinito; que la mayoría del conocimiento que poseemos puede ser un terrible equívoco, que los comportamientos que evidenciamos son tan solo un constructo social en el que la individualidad siempre es sometida, de hecho, todos los que se apartan de la norma reciben la crítica, el estigma y en los casos extremos, el castigo.
¿Pero podríamos vivir en una sociedad anárquica? Considero que los seres humanos requeriríamos de mucha madurez para entender una existencia sin autoridad y no hacernos daño. Vivir «sin amo ni soberano», como dijera Pierre-Joseph Proudhon, pienso que es difícil, sobre todo por la cantidad de siglos en los que nuestras individualidades han estado sometidas a las reglas, a las normas. El hombre y la mujer, por ser animales de costumbres, les costaría un cambio de mentalidad tan radical.
La conclusión lógica es indicar que para que haya libertad, debe haber anarquía, no me atrevería a afirmarlo; no obstante, podría ser una alternativa, a menos que la ciencia invente algo que permita convivir pacíficamente sin que haya restricciones. Pero si existiera algo así, igual sería un mecanismo controlador.