"Hasta para cuando estás desesperado hay literatura", Roberto Bolaño
Hace un buen rato que mis ojos no se escabullen ante novelas gorditas. Antes, muchos libros atrás, me asaltaba una fastidiada pereza con sólo sentir el peso de más de cuatrocientas páginas. Eran los tiempos de mis vertiginosos cuarentas, cuando todo era rápido (las papas fritas, los tragos, los abrazos, el vuelo del abejorro, los cuentos de Vincent Bennet, de James Thurber, Jack London y Ambrose Pierce; además de Camus, Hesse, Quiroga, Arreola y Borges). Para qué libros gordos, si había libros delgados y sustanciosos que me dejaban lleno y alegre . Por suerte no se hizo crónico este defecto (y claro que considero defecto el no leer libros "grandes" si uno se cree un lector ávido, devoto y gozador de letras). Por fin, un día, me atreví a empezar La montaña mágica. Era el momento preciso: cerebro despejado, ansias existenciales y, sobre todo, ganas de leer. Los gordos de la literatura exigen un estado catalítico del lector, el momento único para una larga lectura. La montaña resultó amenísima y con grandes párrafos de sabiduría, coqueteos, ínfulas y hasta humor. A pesar de su cara, Mann podía encontrar la sonrisa.
Ahora quiero libros de más de un kilo. De esos que uno no quiere que se acaben. He tenido suerte: Relecturando a Dostoyevski (tres veces Los hermanos Karamásov); la segunda del Quijote; y el más largo que he leído y todavía pienso releer: En busca del tiempo perdido, vidas destiladas en papel. Le calculan unas tres mil doscientas páginas. ¡Qué felicidad he logrado con estos libros! Y hay más, llegan nuevos autores con ingrávidas toneladas de letras: Perec, con sus Instrucciones de uso. Y qué tal este prodigio de Roberto Bolaño con sus 1,700 páginas de Los detectives salvajes y 2666. Luego caen en mis manos Leonardo Padura con El hombre que amaba a los perros, genial y deprimente narración de cómo un cerebro de tanto lavado queda exprimido, rancio y triste; en el polo opuesto, pero de igual valía, el humor de nieve de Jonas Jonasson, autor de El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Y Nurakami con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.
Los libros llenan mi vida de risas, pensamientos, alegrías y tristezas que unidas a las mías, multiplican unas y dividen las otras con mágico resultado.