“Amo yo por instinto tu regazo;
madre eres tú de la familia mía,
¡Patria, de tus entrañas soy pedazo!”
“Patria”, Miguel A. Caro
En toda la República, en cada rincón amparado por la sombra del tricolor patrio, estos son días de fiesta: de fiesta buena. O deberían serlo, porque se erigen para recordarnos quiénes somos, y cómo hemos llegado hasta aquí.
Lástima que una marcada tendencia nos lleva a enfocarnos sobre todo en la fiesta exterior, en los ribetes y el ruido, en el malentendido “fervor patriótico”, muletilla con la que se refieren en los medios de comunicación a cuanta contorsión y meneo insustancial y peregrino se muestre por las calles durante estos días. Me perdonan, pero me cuesta ver la Patria en esos espectáculos; en cambio, la veo con suma claridad, en tantos otros lugares y en tantas otras expresiones que esta columna no bastaría ni para efectuar un resumen.
Me conformaré con decir solo uno de los tantos lugares en los que la Patria me llega como brisa y me da en la cara, para explicarme por qué la Bandera, el Himno y el Escudo dicen tanto desde su elocuencia o desde su mutismo: es la página que aloja las tintas de un poema, de una canción, o de un párrafo dedicado a delinear los perfiles de nuestro ser nacional.
Quizás es eso (estoy seguro) lo que en estos días de noviembre, el mes en el que en singular conjunción se agrupan las fechas clásicas del calendario patriótico (no las únicas: para zurcir el lienzo completo habría que recoger otros momentos de suma influencia), me conduce a celebrar algunas lecturas que merecen un agradecimiento, justo porque nos traen esas brisas aludidas.
Hasta acá, en Las Lajas, adonde he venido a cobijarme con (“con”, no “de”) esta lluvia intermitente y plácida, me he traído cuatro libros, los primeros que dieron un paso adelante cuando pasé revista a una torre de textos nuevos que esperan su oportuna lectura: tres ya están publicados; sobre el cuarto tengo el privilegio de ser el editor y, por consiguiente, su primer lector, y no se ha querido quedar atrás, puesto que he retado a su autor a que debe publicarlo el año venidero.
Todos son libros muy recientes y en prosa; no obstante, también resuenan como en la celda del caracol varios poemas y tonadas patrióticas que vengo escuchando de bocas infantiles, que es donde adquieren sus mejores notas, semejantes al rumor cristalino de la lluvia acompasando estas lecturas.
Si me permiten, en los próximos domingos compartiré con ustedes mis impresiones sobre el libro “Por la senda del recuerdo”, del apreciado amigo y docente Marino Jaén Sánchez, de Santo Domingo de Las Tablas; “Entre zurrones y enjalmas”, del ingeniero santeño Luis Barahona González, oriundo de El Carate, catedrático y directivo de la Universidad Tecnológica; “Altivez”, del connotado jurista y escritor chiricano Carlos H. Cuestas Gómez; y “¿Por qué rezaba Mamita?” (inédito), primera obra del amigo y exalumno del Di plomado de Creación Literaria, el boqueteño Herminso Rovira, docente de la Universidad de Panamá.
¿De qué nos hablan? Siento que puedo decirlo con un solo par de palabras: de nosotros. Y de lo que celebramos este mes.
Los libros, que no son otra cosa que pretextos para mostrar el alma, dan lugar en sus páginas a un espontáneo diálogo entre almas, pero no necesariamente ese coloquio tiene que ser excluyente; ojalá estos comentarios sinceros los lleven a ustedes a participar también en la conversa. ¡Feliz cumpleaños, Panamá!