Fueron inoportunas las excusas que dio Alexandre Guimaraes tras el fracaso en el Preolímpico Sub-23.
Su acusación directa a los jugadores Román y Gabriel Torres sentó un mal precedente para un técnico que consideramos serio y que respetamos por sus pergaminos al mando de Costa Rica.
Empero, Guimaraes no puede vivir en Panamá haciendo alarde de la gloria pasada. Acá se exige que dé resultados en cuanto partido compita, ya sea oficial, amistoso o en la liga de barrio.
Como jefe máximo de la selección de Panamá, debe dar la cara siempre, en la victoria y en la derrota, sin andar con rodeos ni especulaciones que siembra incertidumbre hasta en los propios jugadores.
Por eso, me parece acertado el llamado de atención del presidente del Comité Ejecutivo de la FEPAFUT, Ariel Alvarado, quien ayer desde Tampa, Florida, se pronunció sobre el tema y dejó claro que le resta validez a la conclusión a la que llega el cuerpo técnico sobre el caso de los Torres (acusados directos), debido a que los actos fueron posteriores a la eliminación de Panamá.
De igual manera, insta al cuerpo técnico a “crear la conciencia necesaria entre los jugadores e imponga con su sola presencia el debido respeto”.
Sin duda, el señor Alvarado salió en un momento oportuno a estabilizar los cimientos de nuestro fútbol, que habían sido removidos por un Guimaraes que no sale de su confusión interna.