Fueron días especiales los últimos de mayo, balanceándose entre una mezcla de alegrías, de estupor y de luto, y sobre todo eso, la lluvia con su canto manso, la lluvia con sus bendiciones, la lluvia pretendiendo ser pañuelo divino para las lágrimas. Y la poesía que restaura con sus versos eternos.
El miércoles 28 acompañamos a la escritora costarricense Alicia Miranda Hevia a la presentación en Panamá de su novela "La huella de abril", el 29 nos abofeteó la tragedia del helicóptero en Calidonia, donde se fueron almas amigas en un hecho que nos consterna; el 30 acompañamos a la joven voz de nuestra mejor poesía, Magdalena Camargo Lemieszek cuando recibía el premio Gustavo Batista Cedeño en el teatro Anita Villalaz, por su poemario "Malos hábitos", inaugurando una carrera literaria que le deparará muchos galardones más, todos los galardones, como bien lo auguró su paso prometedor por el Diplomado de Creación Literaria.
Pasaba la semana; la lluvia pintaba esperanzas en un cielo blanco, como si fuera una página brindada a todos. Y las gotas dejaban oír su música, aún cuando a veces se nos antojara una marcha fúnebre. Afuera la Vida nos convidaba, diciéndonos que ella sigue, que debemos seguirla. Entonces tomé tres libros, de poesía nuestra, y me senté a releer, mientras afuera seguía lloviendo con la insistencia de recuerdo.
Repasé "Las flores de mi vendimia" (2007), de Sydia Candanedo de Zúñiga (David, 1926). Antología personal, estaciones de una vida, versos para las 24 horas, para todas las emociones, los fui leyendo como quien desgrana un rosario: "Cirios blancos que recuerdan la llovizna/? cirio velero, abre los caminos/ al mundo inteligente de los vivos".
Luego tuve entre las manos un breviario de poesía urbana, sentida, marcada por recuerdos de fuego, que nos habla de tú a tú con derecho propio: "Casa vacía" (2000), de Alex Mariscal (Panamá, 1959): "Ciudad de calles empecinadas/ donde el inverno se pasea hasta el cansancio;/ solitarias calles a la hora de los sueños,/ en las horas nocturnas/ acógeme en tu seno".
Enseguida vino el fraternal amigo, ganador en mayo del concurso de cuentos José María Sánchez, el poeta Héctor Collado (Panamá, 1960), con un libro de versos que él tituló "Toque de diana" (2001): "La tarde creció/ con nubes en la mirada, con amenazas de sol/ y la posibilidad de cielos despejados".
Allá lejos La Muerte, acá cerca la Lluvia (y uno presiente que van cambiando posiciones, cuando adivina el nombre de amigos y conocidos entre ese fragor de hierros y de fuego), y entre todo eso la Poesía, como la mano amiga con el pañuelo oportuno para la lágrima que rueda impulsada por la gota de agua que nos viene del Cielo.
"Distínguete como panameño, lee a los autores nacionales".