J. M. G. Le Clézio ganó el Premio Nobel de Literatura 2008 por su obra, y uno querría pensar que no fue por este libro. Sin embargo, con horror, con desconfianza, intuye que sí; que fue por lo inconcebiblemente bobo que hay en estas historias, precisamente, que el señor se llevó el premio.
Cierto profesor que enseñaba teoría literaria decía que cualquier cuento puede reducirse a la fórmula “Iván sale al campo y se encuentra con la maravilla”. Lo que en realidad dice esa fórmula es que Iván estaba muy tranquilo en su casa (en una situación de inmovilidad o de repetición constante de los mismos gestos) hasta que de pronto salió y se encontró con algo que lo obligó a modificar esa actitud congelada. A partir de ese momento Iván deja de vivir el presente eterno del pasado mítico y se lanza al tiempo de la acción— ése que se expresa en la forma verbal que Barthes llama “pretérito indefinido” y las gramáticas españolas llaman “pretérito perfecto” o, simplemente “pretérito”: salió, vio, habló, etc. Una vez que se desencadena la acción los hechos son imparables y no se restablece el equilibrio hasta que Iván no termina lo que tiene que terminar (vencer al monstruo; salvar a la princesa; recuperar el collar de la reina: lo que sea).
El pecado occidental.Estas historias de Le Clézio ignoran esa instrucción básica de la estructura de los relatos, lo que las vuelve especialmente aburridas y difíciles de seguir. Pero no hay que confundir ese rasgo con una intención vanguardista de romper con los moldes preestablecidos de la literatura. No es eso. Por el contrario, Le Clézio aprovecha todas las formas fijas de los relatos tradicionales, tal vez buscando acercarse más a la pureza y a la ingenuidad que anida en las fábulas y los cuentos para niños.
Mondo y otras historiasreúne ocho relatos cortos que son, en realidad, siempre el mismo: alguien, cuya edad casi nunca conocemos pero que se comporta como si fuera un niño, anda por ahí en constante estado de maravilla. Es decir, no sale al campo y se encuentra con la maravilla (tiene una revelación que lo obliga a hacer cosas) sino que está en perpetuo “maravillamiento”. Los protagonistas de esas historias se fascinan con todo lo que no sea parte del deplorable y sofocante mundo de los adultos civilizados. Con todo lo que no sea asfalto, escuela, padres, automóviles, obligaciones, bienes materiales.
El concepto parece simplón y lo es. En el universo moral de Mondo y otras historiaslas obligaciones y rutinas con las que debe cumplir un niño pastor que vive en el desierto son poéticas y maravillosas, mientras que las obligaciones y rutinas de un escolar europeo son la forma misma de lo despreciable. Los saberes y certezas de alguien perteneciente a una cultura no occidental no son en absoluto dogmáticas, mientras que los enunciados o leyes de la física son monstruosas imposiciones que debemos tolerar porque, evidentemente, no somos suficientemente puros o valerosos como para dejarlas de lado.
Le Clézio comete el peor de los pecados occidentales: el esnobismo bienintencionado. Dedica casi trescientas páginas a expresar en un lenguaje poético convencional lo hermoso que es el mundo natural, a describir en forma incansable la fuerte presencia de la luz en los lugares cercanos al mar o a la montaña, a celebrar el bullicio de la vida que se zangolotea en las cañas mecidas por el viento o en el susurro de los juncos o en el zumbido de los insectos, a decirnos, en suma, que es lindísimo el aire libre y que qué pena es que estemos tan atados a nuestros horarios y a nuestras obligaciones.
Lo hace repitiendo esa mecánica simple de los cuentos para niños que consiste en nombrar al sujeto de la acción en casi todos los párrafos: “A Mondo le gustaba ver cómo manejaba la manguera, pero nunca le hablaba. El barrendero dirigía el chorro de agua sobre la basura ...[...] Por eso Mondo era amigo del barrendero. [...] El barrendero también apreciaba a Mondo, pero no le hablaba”.
Además, insiste en recursos que prometen algo que no llega nunca. Los personajes son presa del pánico, o sienten una inquietud, o se lanzan a correr, pero al cabo de un par de páginas en las que se describe el entorno y se repiten infatigablemente las mismas imágenes (ramas que arañan al pasar, el corazón que se sale del pecho, etc.) resulta que la inquietud se le pasa, y todo sigue igual que antes. Nunca sabemos cuál era la amenaza, ni a santo de qué salir corriendo cuando el sol estaba tan lindo y el paisaje era tan encantador.
El contrapeso.Decir que la fórmula cansa porque son muchos relatos casi iguales sería una injusticia. La verdad es que cansa ya desde el primero, y si se llega al final del libro es porque en el fondo se quiere creer en el buen criterio de los jurados que otorgaron a este señor un premio tan importante. Alguien con buen sentido del humor dice que Le Clézio es el contrapeso inevitable que Francia necesita para poder soportar a un Houellebecq. Para que el mundo no se precipite por el agujero negro de la amargura es necesaria una sobredosis de “buenismo” y de encandilamiento abombado y fácil. Sin embargo ambos autores deben ser ubicados en el área de los enojados. Ambos, sin duda, consideran que el mundo occidental de hiperconsumo es un asco, y que debe ser denunciado por eso. La mirada de Houellebecq es oscura, violentamente despectiva, alejada del optimismo, mientras que la de Le Clézio es de una simpleza que sólo puede entenderse como soberbia o ignorancia. Pero ambos miran con el ojo del occidental que se ha movido por el mundo —por las vastas extensiones del antiguo imperio colonial— y establece diferencias entre sí mismo y el Otro. Y ese Otro de Le Clézio está en el mismo nivel que el paisaje y las criaturas que lo habitan. Es un inocente animal de la naturaleza movido por la armonía entre su cuerpo y el entorno, empujado o tironeado por arrebatos e impulsos, vigorizado por la luz o por el agua, reconvertido después de las tormentas, siempre en un marco poético fácil y descriptivo.
“Hazarán”, el único relato en el que las acciones de los poderosos (así, en un esquema básico de buenos y malos) se identifican con situaciones explícitas de la vida urbana actual en Europa (el desalojo o realojo de un asentamiento) termina con la imagen de una especie de profeta que, tras varios días de ayuno místico, emerge de su choza para guiar, como un flautista de Hamelin inspirado y noble, a una multitud hacia lo profundo del río. Una extraña forma de combate al sistema. Con razón algunos dicen que lo dulce no quita la sed.
Cortesía de El País Cultural, Uruguay. Edición N° 1,072, 18 de junio, 2010.