Perfil
- Nombre: Eduardo De León
- Apodo: Nel One
- Profesión: Licenciado en Mercadeo con Énfasis en Ventas.
- Ocupación: Grafitero profesional
- Empresa: Panama Grafiti Creation
- Experiencia: Publicista, presentador de TV, tripulante de cabina en línea área comercial, entre otros.
- Servicios: Diseño gráfico urbano, materiales, páginas webs y venta de aerosoles.
Luego de experimentar en terrenos disímiles como la publicidad, la aviación, el telemercadeo, la música y hasta la televisión, un día Eduardo De León decidió dejarlo todo por el grafiti, y no se equivocó.
Conocido en el mundo artístico como “Nel One”, este joven panameño de 35 años descubrió que “a veces uno, por andar trabajando, deja de hacer dinero”, así que convirtió su pasatiempo en su modo de ganarse la vida, y hoy -con una empresa que tiene varios años funcionando y con un nombre reconocido en el ámbito del grafiti-, el artista reivindica la importancia de su trabajo y reclama más espacio y oportunidad para mostrar este arte y borrar los estigmas que hay sobre quienes se expresan en las paredes de la ciudad.

¿Se considera solo un grafitero o un artista?
Yo me considero como un artista del grafiti, específicamente. De grafiti, porque cuando yo comencé no había un patrón al cual seguir en cuanto a ese tema. Las otras personas que yo conocía sabían lo mismo o un poco menos que yo. Entonces yo mismo fui investigando y al poco tiempo, agarré un grupo de amigos y comenzamos a hacer producciones, ya fuera en la barriada de nosotros o en la escuela; hacíamos presentaciones, pero todo con grafitis. Todo era como un pasatiempo; siento que me sacaba un poco de la rutina de patinar, que era lo que todo el mundo hacía. Estuve en una banda de rock, entonces lo que hice fue salir de mi zona de confort y hacer algo diferente.

¿Qué pintaba y cuándo comenzó a ver el negocio?
Pintaba en los lavaautos, hacía tarjetas de presentación mía que decían que yo era un artista del grafiti. Para esos tiempos era como extraño para la gente, así que tenía que explicarles; y como era algo innovador, me comenzaron a contratar en diferentes lugares.

¿Cuánto costaba un trabajo en esa época?
Nada. Yo lo que hacía era que pedía lo necesario para comprar los materiales y ya. Me quedaba con material para hacer otros trabajos y después fui cobrando 25, 50 o 60 dólares, algo muy básico, pero más que todo la idea era promoverme.

¿Cómo y cuándo se produjo su primera experiencia en la calle?
En el año 98 me mudé a la 12 de Octubre y había un lote baldío donde está Medcom ahora, y siempre quise hacer algo ahí, porque todo lo que hacía era en lugares cercados, pero nunca iba a la calle porque no me atrevía. Primero, porque la primera vez que salí con un amigo por el área de Santa Clara a pintar en un parque, salió un seguridad y tuvimos que irnos corriendo porque nos tiró balas. Así que yo dejé de pintar en la calle, fue una bienvenida no muy grata. Dejé de pintar en las calles a menos que fuera con permiso o con alguien que me contrataba.

¿En qué momento visualiza el grafiti como negocio?
En el año 2000 me fui a Alemania y allá fue que yo aprendí. Estuve seis meses trabajando allá, y lo que más hice fue instruirme sobre lo que es el grafiti. Antes tuve mis trabajos formales y el grafiti era como el "hobby" que me daba algo de ingresos. En Alemania fue que me di cuenta de que la industria era demasiado grande y había diferentes marcas de tapas (colores) que acá no existían; nosotros teníamos una gama muy limitada de colores. No sabía que había más de 200 colores, que había marcas específicas para personas que pintan grafitis y lo que yo hice fue que traje toda esa información para acá, algunos contactos; y cuando regresé, fundé un portal para exhibir mi trabajo y el de algunos amigos.
¿En ese punto comienza algo más profesional?
Comencé a tomarlo de una manera más profesional, el trabajo era de más calidad, pude traer todas las tapas y se las distribuía a las personas que pintaban grafitis. Hice un proceso de información para que todos los que quisieran estuvieran informados, vinieron personas de Estados Unidos y de Alemania a pintar acá y cada vez que venían, aportaban algo diferente y hubo como un "boom" en Panamá, pero siempre fue una comunidad muy pequeña.
¿Cuántos grafiteros puede haber ahora?
Formales puede haber como unos 15, no son muchos.
¿Por qué son tan pocos? ¿Será por los estigmas?
Ahora ya es visto como un negocio, porque yo inicié lo que es la distribución y la venta. Cuando lo organicé, pasé unos años trabajando en otras cosas y lo mantenía como un trabajo alternativo, y alrededor del año 2007 fue que comencé a manejarlo totalmente como una empresa. Mandé a pedir los productos y todo lo que se podía vender, no solo para grafiteros, sino también para diseñadores gráficos, para diseñadores de interiores y decoradores.
¿Qué han sido emblemáticos?
Cuando abrí el local, el mural que le hicimos a Danger Man en Carrasquilla. Ese le dio la vuelta a todo Panamá, estábamos comenzando el local y el movimiento artístico había tenido un bajón, no había mucha gente pintando y fue un impulso para que la gente se emocionara. Lo más reciente es lo de la tuneladora del metro. Cada vez que rompe, el Consorcio Línea 1 tiene un grafiti ahí. Voy y les pinto algo, para mí es importante.
Hay quienes tienen un concepto negativo de los grafiteros.
Los ven como inadaptados.
Personalmente lo que yo hago es embellecer, en vez de destruir. Entonces, uno puede agarrar una pared con permiso o sin permiso, que esté destruida o abandonada y, restaurarla totalmente. Ese es mi concepto. Lo que yo hago es restauración de paredes y tratar de enviar un mensaje haciendo producciones, haciendo murales. Muchas personas que empiezan lo que quieren es que el nombre de ellos figure; ese el punto de toda la gente que hace grafitis, hay una parte de ego y otra artística. Entonces ya cuando uno llena la parte del ego y te dices ya me conocen, me puedo dedicar a otra cosa. Pero yo pienso que uno puede hacer arte sin hacer vandalismo.
¿Cómo diferenciar un mensaje artístico de uno que no lo es? De una pandilla, por ejemplo.
Para nosotros hay diferencias claras. Ya sabemos cómo es el estilo de cada persona que pinta grafitis, todos nos conocemos. La gente que pinta grafitis sabe cómo van las líneas, los colores y también el concepto y la firma; nosotros siempre firmamos. Eso nos diferencia de la gente que hace algo vandálico o que es de pandillerismo. La diferencia está en la cantidad de colores que uno utiliza, porque los pandilleros no van a gastar decenas de dólares haciendo un mural para mandar un mensaje a sus enemigos.
¿Se están quedando sin espacio para pintar?
En Panamá nunca ha habido espacio para los grafiteros. Me ha tocado ir a juntas comunales, a reuniones con el Gobierno para pedir las paredes en los parques. Sí las hay, pero al momento que los grafiteros se aburren de pintar ahí, se van a la calle. En Panamá hay mucho potencial, hay paredes que nos han cedido, pero deberían dar espacios más visibles, porque lo que pasa es que quedan, o dentro de un parque, atrás de una casa o en lugares muy recónditos que de repente sirvan para ir perfeccionando la técnica y el estilo, pero la forma más visible es que sea en vías públicas.