Pepe gritó aterrado que mi rostro se había convertido en una inmensa cara de búho. Supuse que, de alguna manera, mis anteojos nuevos, con sus cristales gruesos y el color oscuro de los aros, le hacían verme así. Ni siquiera me reconoció al abrirle la puerta. Se puso muy pálido y comenzó a gritar como un loco hasta que se desmayó. Jamás había visto a alguien tan asustado. Me dio risa su reacción. Yo no entendía el cambio que los anteojos provocaban a través de la percepción de los demás. Tuve que echarle encima un jarrón de agua fría para que despertase. Cuando al fin abrió los ojos, estos casi se le salen de las órbitas al verme inclinado sobre su cuerpo tratando aún de controlar la risa. Me rogó que corriera al espejo y me mirara. Lo hice, aunque vacilante, pues supuse que me estaba tomando el pelo.
No podía creerlo. En lugar de mi cara, vi la enorme fealdad parda de un búho con cara de susto. Los ojos muy grandes y solemnes estaban rodeados por una especie de discos hechos de plumas grises. Me miraban extrañados, penetrantes. Sentí que me llegaban casi hasta el fondo del cerebro. Pepe me encontró sentado frente al espejo, anonadado; la cabeza, que ya parecía terriblemente pesada, entre las manos.
Cuanto más lo pienso, más creo que yo no era ese búho, o que él no era yo. Tiene que haber una explicación lógica, un error de percepción. Tal vez los lentes sufrieron una distorsión momentánea o estaban sucios de polvo por haber estado limpiando el sótano esta mañana. Quién sabe. No lo puedo entender. Pero de algún modo logró ese maldito búho que su reflejo apareciera superpuesto sobre el mío primero en el espejo y después en el plano real. Lo curioso es que estoy seguro de que atrás de mí no había ningún búho, en plena mañana y dentro de mi cuarto, que pudiese estar proyectando su imagen. No, es ridículo tratar de explicarlo así, pues Pepe fue el primero que vio sobre mis hombros esa enorme cabeza parda. Temí confesarle que yo también veía lo mismo en ese espejo. Fue entonces cuando me quité los anteojos.
La transformación fue radical, maravillosa. Ambos estuvimos de acuerdo en que mi cara se había vuelto a normalizar. Yo era yo nuevamente, el mismo de siempre. Por lo tanto eran los anteojos los que creaban la distorsión, no solo al mirar a través de los lentes sino también cuando otros me los veían puestos. Nos sentimos felices. Creímos haber descubierto unos anteojos mágicos. Solo hacía un par de días que me los habían graduado en la óptica y ahí los sentí normales. Incluso pude ver mucho mejor. Como solo eran para ver de lejos, no me los volví a poner hasta esta mañana.
Por divertirnos, ya pasado el susto, me los puse otra vez. Yo hacía toda clase de payasadas frente al espejo de la cómoda y Pepe se moría de la risa. La cabezota imitaba grotescamente mis muecas, la forma como ladeaba la cabeza, la oscilación caprichosa de mis ojos, la distensión babeante de la lengua. Solo mi cuerpo continuaba siendo el mismo, como si lo otro se tratara simplemente de una máscara que no lo afectara. Creo que así lo entendíamos ambos en ese momento.
Entonces sucedió algo terrible. Ya nos habíamos cansado de reír y a mí, sobre todo, me dolían el cuello y la boca de tanto hacer contorsiones y muecas. Pepe se había tirado sobre la cama y yo estaba sentado en el suelo, jadeante. Se nos ocurrió pensar, y así lo comentamos, que por más mágicos que fueran los anteojos no se explicaba que otros vieran transformada mi cara por el solo hecho de tenerlos puestos. Podría, en todo caso, justificarse la distorsión de lo que se veía a través de los lentes, aunque solo se produjera una imagen específica, pero lo otro ya resultaba insólito. Tratando de encontrarle una explicación al asunto me volví a quitar los anteojos. Pepe reconoció en seguida mi cara de siempre. Pero cuando giré la vista hacia el espejo, sólo vi en ella la cama al fondo, con el cuerpo recostado de mi amigo.
Me paré de un salto y pegué mi rostro al cristal. No me reflejaba. Grité. Pepe llegó junto a mí. Me preguntó qué me pasaba. "¡No estoy!", exclamé señalando hacia el espejo. "¿Cómo que no estás?", respondió alarmado. "¿Te has vuelto loco? Mírate allí, normal, eres el Raúl de siempre".
Volví a mirar. No veía nada. Es decir, veía todo lo que había en el cuarto, incluyendo a Pepe de pie junto al vado donde debería estar parado yo. Pero mi figura definitivamente no se reflejaba. Pepe insistía en que sí, que me estaba viendo tan claro en el espejo como el se veía a mi lado. No supe qué decir ni qué hacer. Pensé que estaba perdiendo la razón. Instintivamente me puse los anteojos y en seguida reapareció en el espejo la cabeza de búho trabada sobre mi cuerpo.
Pepe se dio cuenta de que estaba a punto de presenciar un colapso nervioso. Hizo que me acostara. Me quitó los anteojos y se dirigió al teléfono. Supongo que llamaba a un médico. Luego se fue llevándose los anteojos. Le grite que no me dejara solo, que al menos me los diera para no sentir esa horrible falta de realidad. No quiso. "Descansa un rato y no pienses en nada", dijo. "No demoro".
La sangre que brota ahora de esta herida corre por mi mano y mancha la sábana con la naturalidad que siempre imaginé. El rojo es un color festivo, común a hombres y aves. Uno puede desangrarse asido de una rama, vigilando con ojos profundos la quietud de la noche o puede hacerlo estirado sobre el lecho, sin identidad ni recuerdos, confuso ante las paradojas del día, oyendo vagamente que abren la puerta de la calle y se acercan para diagnosticar, ya tarde, lo que se hace evidente.