Ciertamente, para el escritor los bienes materiales son una consecuencia y no un fin en sí mismos. Y tal vez así debería ser no sólo para el escritor sino para cualquier persona que desee aportar algo sustancial a la vida del prójimo. ¿O no?
Para explicarlo mejor, te contaré lo que decía mi profesor de Calidad y, luego, lo que dijo Julio Cortázar.
Mi profesor de Calidad, Jaime Borrego, decía que puedes tener como único fin las ganancias o la satisfacción de tu cliente. Ambos objetivos son válidos y han sido defendidos por teóricos importantes de la administración. Sin embargo, cuando sólo te ocupas de las ganancias, traicionas, temprano o tarde, la calidad. ¿Por qué? Porque te mueven las sumas y restas financieras y no te enfocas en la satisfacción de tu cliente.
En cambio, cuando te enfocas en la satisfacción del cliente, lo más seguro es que tu producto sea querida por sus consumidores y, en consecuencia, tendrá ganancias.
Julio Cortázar, por otro lado, decía que el escritor es un arquero cuyo trabajo se limitaba a apuntar la flecha y tensar el arco lo mejor posible; y que sólo los idiotas se iban detrás de una flecha que ya en pleno vuelo, para darle empujoncitos y hacer que su trayectoria dé en el blanco.
En otras palabras, lo que recibe un lector de la literatura son valores: honestidad, armonía, libertad, sabiduría, y si esos valores no los sembró el autor cuando escribía, difícilmente los pondrá la mercadotecnia en el libro ya publicado.
Así que lo digo de una vez: yo creo en la promoción del libro, pero no creo que el libro valga por su promoción; la promoción es sólo un vehículo.
Por eso me da un poco de risa cuando se habla de escritores “exitosos” y se sustentan esas palabras sólo en esquemas de promoción y ventas.
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