Los taxis piratas, las estaciones de expendio de combustible y la gente obesa son como fantasmas en Madrid. Si existen, es muy raro verlos.
Es aproximadamente la 1:00 de la tarde en la capital de la "madre patria". En el aeropuerto de Barajas hay un mar de gente. Están los que van de paso, los que se disponen a abordar un "air bus" para recorrer, con más velocidad y comodidad, el mismo camino que recorrieron los conquistadores hace más de cinco siglos y también coinciden en ese escenario otros individuos, entre ellos yo, que apenas puedo con el fardo de mis equipajes, después de cruzar el Atlántico, en un travesía que duró casi doce horas.
En España ya es hora del almuerzo, mientras que en Panamá, el sol apenas despunta. Son siete horas de diferencia.
Después de pasar por migración, descender por un elevador y transportarme en tren hasta el edificio principal de Barajas, finalmente llego al lugar que me pone ante las puertas que me permitirá pisar formalmente suelo español.
Antes de abordar el avión en Panamá, luego a Costa Rica y después a Madrid, me advirtieron dos cosas: Por razones de logística no iba ser recibido por nadie en el aeropuerto y que no me preocupara, que con solo acercarme a un taxi y decir para dónde me dirigía, el problema estaba resuelto. Primera lección: en un país organizado y respetuoso de los derechos de la gente, ningún taxista puede darse el lujo de decir: no voy.
Antes de abordar el taxi tenía que resolver un detalle. Mis dólares, que en América y muy especialmente en Panamá, son un símbolo de poder, debían ser cambiados a euros. Frente a mí vi una casa de cambio y decidí permutar únicamente 300 dólares para ver qué podía hacer en los primeros dos días.
Luego de presentar mi pasaporte, entregar mis 300 dólares y firmar el recibo, el dependiente me entregó 181 euros. Allí me di cuenta de que cada dólar que tengo en mi bolsillo vale como 60 centavos en Madrid y es la primera vez en mi vida, después de conocer varios países, que percibo cómo se sienten en Panamá los centroamericanos cuando nos visitan con sus monedas devaluadas. La sonrisa se me vuelve mueca, pero bueno, ya estaba allí, ni modo que iba a montarme en el avión para regresar.
Busco un reloj en alguna pared del terminal aéreo y sincronizo el mío con la hora de Madrid.
Con la paciencia y la calma que me caracteriza salí por la puerta principal del aeropuerto con mi laptop al hombro, mi maletín a rastras y mis 300 dólares convertidos 181 euros y un sencillo.
Observo alrededor 30 taxis, todos blancos con una franja roja, estacionados ordenadamente en la entrada principal del aeropuerto. Me acerco inmediatamente al primero en la fila. El chofer se baja enseguida, abre el maletero e introduce mi equipaje. Le indico que me conduzca al hotel Hesperia, le pregunto cuánto me costará la carrera y en ese punto comencé a realizar la primera entrevista de mi misión; evidentemente no perdí el tiempo, era un viaje oficial, no de placer.
Abelardo, el conductor de la unidad, me solicita que le señale la dirección exacta del hotel. Se la leí del papel que me habían mandado con la reservación y un "no se preocupe, señor, sé donde es" me sirvió de alivio.
Volví a preguntar sobre el precio, pensando de repente que los 181 euros (300 dólares) se me iban a terminar en esa carrera. Abelardo me explica que eso no lo decide él, sino el taxímetro que tiene instalado en su carro, aunque me informa de que el simple hecho de haberlo abordado en el aeropuerto, implicaba un cargo de 5.25 euros, más lo que indicara "la maquinita", cuando llegáramos al lugar indicado. "Van a ser unos 25 euros, más o menos", dijo.
Inmediatamente hago una revisión visual del vehículo. Es un sedán de cuatro puertas, el tapiz negro está impecable, Abelardo, un señor al cual le calculé unos 60 años, luce una camisa celeste de mangas largas y es todo amabilidad. Se parece muy poco a algunos taxistas que conozco.
La sangre de periodista comenzó a fluir por mis venas. Voy a entrevistar a este hombre, me dije, mientras disfrutaba las primeras imágenes de Madrid, en medio de un clima, que para esa hora de la tarde estaba fresco.
Profesión digna.
Para entrar en conversación le comento a don Abelardo, que en mi país los taxis no usan taxímetro y que aquí uno tiene que preguntarle si están disponibles para prestar al servicio, ya que la práctica es que el conductor decida a dónde quiere ir y no el pasajero.
Antes de este comentario, Abelardo me venía hablando, pero siempre con la mirada fija en la carretera. Ahora su cabeza giraba hacia el asiento posterior, como para constatar si mi comentario era en serio o era una broma propia de nosotros, los hombres que venimos del trópico.
Me explica que en Madrid eso es imposible y si algún chofer se niega a llevar al pasajero, éste tiene los canales para presentar su queja y la acción de las autoridades es inflexible.
Abelardo me relata que incluso, cada cierto periodo tiene que desmontar el taxímetro de su auto para llevarlo al ente que regula el transporte, a fin de que se compruebe que esté funcionando correctamente.
Relata que la licencia (cupo) para operar un taxi cuesta 200 mil euros, unos 235 mil dólares y que la misma no puede ser transferida a otra persona que no sea un familiar en el primer grado de consanguinidad, cuando el propietario decide retirarse. No es negociable.
Abelardo, al igual que los 15,600 taxistas que hay Madrid, paga impuestos, aporta al seguro social y tiene derecho a jubilarse. Ellos son tan profesionales como cualquiera y tienen los mismos deberes y derechos.
Llegamos al hotel y se acabó la conversación. El taxímetro marca 25.10 euros, más los 5.25 que me había indicado verbalmente y sobre los cuales hay un letrero sellado por la autoridad correspondiente y pegado justamente en la ventana donde estaba yo sentado.
-Puede leerlo si gusta-, me dice amablemente. Inmediatamente le entrego un billete de 50 y me devuelve el cambio exacto, con un recibido que repentinamente salió de otra máquina que forma parte del equipo de la unidad de taxi.
La hora panameña.
A las 3:00 de la tarde ya estaba instalado y disponía de seis horas, antes tener del primer encuentro con un grupo de periodistas y ejecutivos para una cena. Recordé haber visto, a pocas cuadras del hotel, un bus lleno , turistas que paseaban por la ciudad.
Bajé de la habitación y pregunté en la recepción detalles sobre lo que inmediatamente bauticé como "la chiva parrandera de Madrid" y me dijeron dónde la podía localizar, cuál era su recorrido y el tiempo que duraba. El dependiente me entregó un mapa y armado con él y mi infinita curiosidad, salí a la conquista de Madrid solo y sin conocer a nadie, pero me acompañaba la confianza de que si me perdía solo tenía que parar un taxi, darle la dirección del hotel y listo.
En menos de 20 minutos localicé "la chiva" y me monté. Cómodamente sentado en el techo, que hacía las veces de atalaya, pude apreciar la Plaza de la Independencia, la Puerta de Alcalá, la Fuente Cibeles, Puerta del Sol y el Palacio de Comunicaciones, entre otros.
Cuando decidí culminar la travesía eran como las 7:00 p. m., según mi reloj, y el día estaba tan claro como si fueran las 4:00. Detuve un taxi y le indiqué que me llevara a Hermosilla 23. En menos de 15 minutos estaba devuelta en el hotel, sano y salvo. Fue toda una hazaña. Me sentía más contento que un boliviano en la playa.
Me quedaban unas dos horas disponibles. Regresé a la habitación, me preparé y quedé en espera de la hora indicada para bajar al vestíbulo donde debía encontrarme con el grupo.
Mientras esperaba, conecté mi laptop y me dispuse a sacar provecho del servicio gratuito de Internet. A penas era como la 1:00 de la tarde en Panamá, así que podría comunicarme sin temor a despertar a nadie.
De repente sonó el teléfono y una voz desconocida, pero encantadora me dice: "Egbert, cómo estás, ya todo el mundo se fue y te estoy esperando, habíamos acordado que nos encontrábamos todos a las 9:00".
En seguida miré mi reloj y me di cuenta de que cuando lo ajusté en el aeropuerto, todavía no sé por qué, lo puse una hora menos que la correspondiente. Es decir, que yo estaba feliz de la vida pensando que tenía todo el tiempo del mundo, cuando en realidad el mundo ya estaba corriendo y yo me había quedado una hora detrás.
Como estaba casi listo, fue solo cuestión de desconectarme, ponerme el saco y bajar raudo. No podía disimular la pena que sentía, porque aunque accidentalmente, había exportado aquello de la hora panameña.
Recuperando el tiempo.
Nunca he sido un buen diente. Como lo suficiente para cumplir con el deber de decir que comí, pero esa noche rompí las reglas y contribuí a descorchar varias botellas de vino tinto, que es el que más me gusta.
En broma y en serio, la anfitriona me recordaba a cada momento que al día siguiente la cita era a las 9:20 de la mañana en el vestíbulo del hotel y, todavía apenado, le prometí que sería el primero en llegar. Cuando nos despedimos me dijo: "Egbert? a las nueve, por favor?"
Antes de terminar la velada, surgió una pregunta que sonó como música para los oídos de muchos, especialmente los seguidores del Real Madrid: ¿A alguno de ustedes le gustaría dar una gira en el Santiago Bernabeau?
Las chicas, que eran aproximadamente ocho, no mostraron interés, mientras que los varones levantaban las dos manos y hasta los pies. Yo no soy fanático del equipo blanco, pero como periodista que he dedicado buena parte de mi carrera al deporte, no podía negarme esa oportunidad, así que me sumé al grupo, aunque solo levanté una mano, puesto que me hubiera hecho más feliz ir al Camp Neu de Barcelona.
Promesa cumplida.
Al día siguiente, estuve sentando en el vestíbulo desde las 8:55. Fui el primero en llegar. Cumplí mi promesa y sentí que había salvado el honor panameño. Llegada la hora establecida salimos a nuestra primera cobertura. La temperatura en Madrid apenas era de 24 grados, pero había que usar abrigo.
Ocupamos buena parte del día conociendo el Colegio Monsserat, el Museo Nacional de Arte Reina Sofía y la sede de la empresa Telefónica sobre los cuales ya les he contado. Tuvimos otro almuerzo opíparo. Buenas carnes, mariscos y más vino tinto.
Cerca de las 3:00 de la tarde, nos preparábamos para ir al Bernabeau, fue la primera vez después de casi 26 horas de estar al otro lado del charco, que me dio el primer ataque de sueño. Pero pudo más la curiosidad.
Nos dirigimos por el Paseo de la Castellana, en el distrito de Chamartín de la Rosa, en donde finalmente estuvimos en las puertas de colosal estadio madrileño que tiene un aforo para 80 mil personas.
Hicimos un interesante recorrido por todas las dependencias del estadio, pero esa es otra historia.
Noches a solas.
Cumplida la agenda oficial, las noches eran nuestras. Formamos un trío que generalmente salía a la calle después de las 11:00 de la noche, que para efectos nuestros eran las 4:00 de la tarde en América Central.
Pudimos percatarnos, de que al igual que sucede acá, en Madrid muchos negocios, especialmente los relacionados con la gastronomía y la vida nocturna, están controlados por asiáticos e italianos, entre otros.
Después de las 10:00 de la noche en ningún lugar se expenden bebidas alcohólicas para llevar, en lo que parece una sabía decisión para minimizar los riesgos en las calles. Pero, ya que no se puede llevar una cerveza San Miguel para su casa, hay la opción de comprar un libro, porque hasta en horas de la madrugada se pueden encontrar en Madrid ventanas por las que entra la cultura y se alimenta la inteligencia.
Se me acabaron los euros.
Entre taxis, propinas y uno que otro gasto inevitable, los 181 euros se esfumaron. Era tiempo de buscar otra casa de cambio para volver a llenar las alforjas.
Me levanté temprano y recordé haber visto, muy cerca del hotel, una sucursal del Banco Santander. Salí a su encuentro.
En el camino, decenas de gentes caminan, en su mayoría a sus puestos de trabajo. Son gente de todas las edades, aunque predominan los que oscilan entre los 30 y 45 años, calculo yo, y, por supuesto, adultos mayores.
En una esquina me ofrecen un periódico de manera gratuita. La gente anda a millón. Muy pocos hablan, parece que cada quien está inmerso en su mundo personal. No veo muchas sonrisas, pero tampoco se ven tristes.
Me extraña no haber visto, en casi dos días, a una persona obesa y quedo sorprendido por la cortesía que tienen los conductores hacia los peatones. ¡Que ciudad más amable! Estoy buscando el letrero rojo del banco Santander, no sé por qué, pero ese fue el que me llamó la atención, quizás porque me sonaba muy español.
Repentinamente me doy cuenta de que en un par de días he caminado en Madrid más de lo que acostumbro hacer en Panamá. Recuerdo que para moverme de una esquina a otra, me encaramo en mi camioneta y también recuerdo que la gasolina está por las nubes. Es allí donde me percato que no he visto ninguna estación de expendio de combustible por ninguna de las esquinas por las que me he atrevido a deambular.
Al fin veo el Santander. Es una sucursal, más pequeña que la oficina del correo en Carrasquilla. Me acerco a la ventanilla con la esperanza de encontrarme con una española joven y guapa, como me tienen mal acostumbrado en Panamá, pero para mi sorpresa quien me atiende es un caballero de unos 60 años, de carácter afable, hablar pausado y andar calmoso.
Le entrego 100 dólares y mi pasaporte. Después de levantarse a fotocopiar el documento, me da una constancia para que estampe mi firma sobre ella y después me entrega 62 euros y un sencillo. Es decir, que en dos días después, el valor de mis dólares había aumentado un euro y unas monedas, pero seguía sin la sensación de poder que antes me daban esos billetes que en su corazón tienen impresa la imagen de Washington.
Salí del banco reflexionando sobre el hecho de que en un país civilizado, la gente es valorada por su capacidad de trabajo sin importar la edad y el rostro. ¡Que diferencia!
Lucha contra el cansancio.
Comencé a buscar una estación de gasolina, pero nunca vi una. Regresé al hotel y un vez más fui el primero en llegar al punto de encuentro desde donde nos dirigimos al Distrito C, un gran centro de negocios, en el cual pude estrechar las manos de Alejandro Sanz y me tocó escuchar y ver a dos ganadores del premio Nobel.
Confieso que hubo momentos que el sueño me venció y mientras Muhammad Yunus y Joseph Stiglitz hablaban, di varios cabezazos involuntarios. Allí me convencí de que no podía darme el lujo de sentarme, porque eso sería todo para el campeón. Había que mantenerse de pie o caminar.
Después de otro almuerzo casi interminable, improvisamos una expedición a la Puerta del Sol y a los sitios que había apreciado el primer día, cuando me embarqué en el autobús. En el camino de vuelta no aprecié ninguna estación de gasolina.
Caminamos como locos, nos tomamos unas fotografías e hicimos algunas compras, para traer recuerdos como testimonio de que estuvimos allí.
En una plaza, muy parecida al parque de Santa Ana, me pareció haber encontrado el amor, pero estaba muy caro. Esa historia la contaré el día que escriba mi primer libro.
Realice otras actividades, observé muchas cosas y conversé con bastante gente. Solo lamento haberme ido sin poder ver a los tres fantasmas de Madrid: Una estación de gasolina, una taxi pirata y una persona pasadita de libras.
Si a eso añado que perdí un celular, una memoria USB, un juego de llaves y accidentalmente me trae 35 euros, que acá no sirven para nada, entonces tengo suficientes excusas para volver a la España, aunque espero que no tengan que pasar otros 516 años para eso, porque seguramente los músculos del euro habrán crecido tanto, que mis dólares apenas servirán para jugar una partida de monopolio.