Apenas abrió sus puertas el antiguo edificio de la Real Chancillería de Valladolid, Carlos mostró su documentación que lo acreditaba como historiador para poder acceder a la sala de consultas. En los legajos donde buscaba un juicio sucesorio relacionado con el personaje medieval cuya biografía estaba preparando, tropezó con una carta dirigida en 1462 desde Maguncia al duque de Navalcastillo por un eclesiástico amigo suyo. El archivo de la Real Chancillería es exclusivamente judicial, por lo que esta carta, evidentemente traspapelada, llamó la atención de Carlos y la leyó. El remitente, en un latín literario bastante legible, se lamentaba de unas luchas entre dos arzobispos rivales que habían convertido aquella ciudad alemana en campo de batalla, causando la huida de muchos artesanos, entre los cuales mencionaba a un tal Johannes Gutenberg, que se había arruinado intentando comercializar una forma artificial de escribir que había inventado. El amigo del señor duque decía sumarse a la opinión general que no veía ningún porvenir a este invento porque deshumanizaba la escritura. Decía que los rasgos caligráficos de las letras manuscritas le transmiten al lector el carácter, el alma, la personalidad del amanuense, convirtiendo al libro en un vínculo afectivo entre el que escribe y el que lee y esto no lo podrá hacer nunca ninguna máquina, por lo que los libros escritos a mano jamás dejarán de leerse.
Carlos encontró por fin el expediente relativo a su biografiado, salió del archivo y decidió aprovechar la visita a la capital de Castilla y León para visitar el Museo Nacional de Escultura, que queda cerca de la Chancillería. El aroma a café que salía de un bar lo invitó a sentarse a un velador y pedir un capuchino mientras hojeaba un diario local. El periódico preguntaba a sus lectores si creían que la nueva tecnología que permite leer libros electrónicos o digitales acabaría con los textos impresos. Todos los que contestaron decían que el placer de acariciar con los dedos cada hoja después de ser leída, subrayar las frases más interesantes, anotar glosas en las márgenes y forrar amorosamente sus pastas para protegerlos del deterioro mientras descansan verticalmente entre otros hermanos no nos lo podrá dar nunca ninguna máquina, por lo que los libros impresos jamás dejarán de leerse.
Carlos comparó el siglo de Gutenberg, abierto al Renacimiento, con el nuestro abierto a la electrónica y juzgó que, si bastó un par de generaciones para que los lectores medievales se equivocaran, menos bastará para que nos equivoquemos los lectores actuales.