El viernes 13 de noviembre, ardió París. Y todos sabemos que, como dice Hemingway y repite Vila-Matas, París no se acaba nunca. "Siempre nos quedará París", nos dicen en blanco y negro en Casablanca. Ardió París por el odio y la sinrazón de los locos del Libro, en cuyas páginas, millones de personas, nada leen sobre sembrar de muertos las calles de ninguna ciudad.
Pero también hicieron arder, los mismos bárbaros, Siria, Irak, Nigeria, Palestina, Israel, Líbano, Kenia y un largo y sangriento etcétera. Ciudades que tampoco se acaban nunca, que siempre nos quedarán, que forman parte del imaginario y la geografía sentimental de millones de personas que por lejanas no son menos, y que tampoco leen en el Libro nada sobre destrucción y muerte.

En todos los muertos, el silencio es el mismo. La vida segada, los sueños rotos, la violencia previa al fin, el espanto, el dolor, la biografía pasando en segundos por delante los ojos, larga o corta, en oriente o en occidente, antes del fin.
Y sobreviene la muerte y la sangre salpica el rostro de los que aquí seguimos. Luego, las lágrimas. Llorar ausencias es igual en todas partes, los vacíos, son igual de profundos.
¿A quién debemos llorar? Hay quienes acusan de desprecio a los que sólo parecen llorar a los muertos cercanos. ¿Duele París? ¿Y Siria? ¿Y Kenia?... Hay tantos muertos tendidos en nuestras retinas que no sabe uno por dónde empezar. Lo natural, lo humano, es llorar a los cercanos sin desprecio de los que están más lejos. Pretender deshumanizar hasta el luto para armarlo de demagogia, es un acto de vileza.
Veo terribles fotos de otros muertos en las redes sociales. Preguntan los desenmascaradores de hipócritas, con superioridad moral, que por qué no lloramos también a esos muertos con el mismo colorido luctuoso y despliegue mediático. Estos expertos en llanto ajeno, diestros en el sufrimiento por otros, pretenden hacernos creer que llorar a los nuestros es despreciar a los otros.
Los muertos, no son mutuamente excluyentes. El terror de ver tendidos sobre el mar o el asfalto o los caminos de tierra a niños, no puede ser mutuamente excluyente. No pueden decirme que mi dolor por los sirios, excluye a los franceses o éste a los keniatas. Insensatos, necios y profundos arrogantes, no les permitiré que mis lágrimas y mi luto los utilicen con fines políticos e interesados. Todos los muertos, todos, son importantes y merecen nuestro respeto y memoria.
¿Y qué pasa con ellos? ¿Lloran a los muertos de aquí o es que los desenmascaradores creen que allí, pobrecitos, no saben dolerse de los de otro lado? Será que creen que los de Siria, Kenia o Irak no saben llorar y que somos nosotros, los pérfidos occidentales, los que debemos llorarlos a ellos. He visto imágenes de personas en esos países llorar a estos muertos, blandiendo contra el terrorismo lágrimas de pena y rabia. Porque entienden que todos los muertos, todos, son seres humanos, que dejan, por la sinrazón de unos pocos un profundo vacío.
Déjenme llorar a los franceses, a los rusos, a los ucranianos, a los turcos, keniatas, sirios, palestinos, judíos... A todos los muertos, a todos. Es perverso creer en la superioridad de unos muertos sobre otros y lo es también creer que ellos no saben llorarnos. Allá mueren a diario y no nos acostumbramos y los de aquí, que no mueren tan seguido, nos impresiona. Dolerse por el de cerca es humano, no lo convirtamos en un asunto ideológico.
Un féretro llegaba tarde a su vuelo a Rumania. Reproches técnicos, tiempos, el vuelo se retrasa. Me explican que el motivo es que la madre no quería soltar el cuerpo de su hijo. Corrimos, detuvimos los tiempos por respeto al dolor. Lloré: los demás muertos quedaron en suspenso por este niño, por ese dolor de madre infinito.
Los muertos, todos, merecen nuestro recuerdo y nuestras lágrimas, vengan de donde vengan. Y ahora, por favor, dejen espacio al silencio.