El puertorriqueño Héctor Rivera dio hoy la nota emotiva de la maratón de los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Mayagüez, al llegar a la meta en séptimo lugar, empezar a llorar y decir que se sentía hermoso.
"Me siento un hombre de éxitos, hermoso y si lloro es por agradecimiento; di lo mejor y mi alegría es inmensa", dijo el hombre de 39 años.
Como suele suceder en las pruebas de 42 kilómetros y 195 metros, la de Mayagüez estuvo envuelta por un ambiente de romanticismo, inusual en estos tiempos de fiebre por el oro en los que muchos pregonan que ganar no es lo más importante, sino lo único.
En Mayagüez, los maratonistas no sólo se negaron a seguir la regla de buscar la victoria sin importar cómo, sino que por momentos se unieron como un clan decidido a sobrevivir a las duras condiciones del clima.
En la prueba masculina, por ejemplo, seis atletas formaron por más de una hora y media pelotón puntero en el que se suponía cada uno iba a tirar para su lado, pero fue todo lo contrario, según confesó a Efe el guatemalteco José García, campeón de la justa.
"No ocurrió lo que la gente piensa, representamos a distintos países pero nuestro real enemigo fue el calor y la humedad y hubo mucha solidaridad; el mexicano Carlos Cordero y mi compatriota Alfredo Arévalo a veces me dieron agua y yo ayudé a otros a hidratarse", dijo el campeón.
Durante las carreras de 42 kilómetros, los corredores registran hasta 40 grados de temperatura, como enfermos graves, pero en vez de delirar, se vuelven sensibles lo cual convierte la línea de llegada en el lugar ideal para llorar, según escribió en su libro Germán Silva, doble campeón de la maratón de Nueva York.
A veces tienen comportamientos extraños. Hace cuatro años el campesino mexicano Procopio Franco ganó su segunda medalla de oro seguida en los Juegos y reveló sentir ganas de llorar; hoy acabó sexto y celebró porque pasó 30 kilómetros con dolor en las piernas y llegar fue lograr un gran triunfo sobre su ego.
"No soy ningún rey caído; en el 12 mis piernas pesaban y supe que no iba a ganar medalla, pero tenía la oportunidad de terminar y eso en la maratón significa que no me iba a sentir vencido", dijo.
Algunos disfrutan el aislamiento para poder meditar, pero otros suelen ponerle trampas a la soledad como hizo este domingo la costarricense Gabriela Traña, subcampeona de la justa femenina.
"No soporto estar sola por eso me mantuve más de 30 kilómetros al lado de las mexicanas, me sentía acompañada y eso me dio fuerzas", señaló la especialista en nutrición originaria de Alajuela, a unos 25 kilómetros de la capital del país.
Son como niños en cuerpos de adultos, a veces con ideas inocentes, como la de la mexicana Marisol Romero, campeona de mujeres, emocionada cuando habló de la posibilidad de un día tener 60 años y llegar a la meta en alguna carrera de resistencia de esas que celebran cada domingo en su país.
"Sería tan lindo", se limitó a decir mientras sus ojos hacían chispas.