Maravillosa y fascinante resultó la versión número 58 del Festival Nacional de la Mejorana, augurio evidente desde el día que la peonada se congregó en la Plaza de Toros Nicomedes Barrios para celebrar la Junta de la Barrera, reafirmado dos días después con la procesión de la Virgen de las Mercedes, Patrona de Guararé, y con la exhibición de los fuegos artificiales, fruto del ingenio de los pirotécnicos de la región. Esa noche, la Virgen lucía un rostro radiante, vestuario y corona nuevos, y una anda diseñada para una fiesta folclórica de grandes proporciones. Con este preámbulo arrancó la fiesta Patronal y el Gran Festival de la Mejorana.
Este Festival puso a prueba la capacidad creativa y de ejecución de los amantes de la música, del canto y de los bailes folclóricos, así como el espíritu parrandero de folcloristas y visitantes. En cada esquina se hacía gala de la destreza en el toque del tambor, evocando el quejido y la rebeldía del seductor corazón africano, pero a lo panameño, donde de cada palmetazo sobre el cuero brotaba una cumbia, un atravesao, un socavón, un tambor norte o uno corrido, invitando a la rumba alegre o a la tuna callejera. Por su lado, la legendaria Mejorana, soberana del Festival, por doquier llenaba de armonía este pintoresco pueblo, sonsacando a los cantadores que al instante se cotejaban en una batalla de conocimientos, rapidez de memoria, manejo de las rimas, ritmos y melodías, recordando las historias de antaño, los mitos y leyendas de quienes poblaron estas tierras; era el momento de la puya y del contrapunto. Al lado, resonaba el acordeón con aires típicamente panameños demostrando que aquel soplo que brotó de su fuelle en la Europa lejana, dio un giro hacia un amanecer cándido, brioso, propio del trópico ardiente, al fundirse con la saloma del campesino panameño, con la cumbia y con el quejido o el tronar ardiente del tambor del negro Cimarrón, en las juntas de embarra o en las peonadas.
En la Plaza de Toros, el pito y la caja y los fuegos de artificio animan a los toreros que en franca batalla por la vida, exponen el arrojo y la valentía de quienes a diario desafían la naturaleza en los campos de cultivo o en los corrales ganaderos. Mujeres empolleradas, cantalantes, grupos de tamboritos, con el canto y con las palmas, van completando el cuadro de lo que se vivió en este Festival.
Mientras todo aquello se da en la informalidad de las calles, en los Estrados oficiales del Festival desfila un nutrido grupo de competidores que buscan el reconocimiento público en los concursos del Festival. Aquí están los herederos del acordeón de Gelo Córdoba y Didio Borrero; de la Mejorana de Aristides Gil y de Esteban Rodríguez; de la garganta, sapiencia e imaginación del canto de Félix Pérez, o del tambor de Gumersindo Díaz. Hermosos concursos de danzas y bailes, vestimentas, tunas, violín, completan esta amplia muestra sobre el arte y la cultura vernácula.
El Festival concluyó con el gran desfile de Carretas, evocador de los más variados pasajes y paisajes de la vida campesina, la ultima de las cuales, con motivos Congos, es la de la Reina Tiana Karina Prímola Yee, una guarareña nutrida de una especial combinación cultural, forjada en la fragua guarareña, cuyos atributos se pusieron de manifiesto en este Festival.
Después de transcurridos 59 años qué vendrá, o qué queremos que venga? Muchas interrogantes brotan desde lo alto de este majestuoso festival. ¿Qué debe hacerse para albergar a tantos visitantes que ya no caben en el pueblo? Cómo ofrecerles hospitalidad, facilidades, seguridad y comodidades para llegar al pueblo, estacionar sus vehículos, protegerse del sol y de la lluvia y hacer sus necesidades fisiológicas? ¿Qué haremos cuando, por la fuerza de la tecnología, ya nuestros campesinos no tengan ni carretas ni yuntas de bueyes? ¿Qué debemos hacer para que la multitud pueda apreciar los llamativos concursos, si frente al estrado principal solo se puede acomodar una porción de los visitantes? ¿Ubicar otros estrados en el pueblo con temas específicos? ¿Pantallas gigantes? ¿Qué debemos hacer para que Guararé sea una especie de ciudad, pero a la vez, con imagen y sabor a campiña, si desaparecen los portales al estilo de antaño, las casas de quincha o de adobe y los techos de teja? ¿Qué hacer para no olvidar la diversidad de instrumentos, ritmos y torrentes de antaño cuando vemos la preferencia solo por aquellos de más popularidad? ¿Cómo ser guardián del folclor si aún necesitamos, como sugería Zárate, explorar a fondo nuestras raíces y reconstruir nuestra historia cultural? Qué hacer con la presión de las empresas licoreras y de espectáculos que simplemente trasplantan sus eventos festivos sin entender la necesidad de enmarcarse en las características del Festival, y sin comprender que el secreto del éxito del Festival es precisamente porque es autóctono y folclórico? ¿Qué hacer con aquella publicidad de algunos patrocinadores que no encuentran la fórmula correcta de publicitar a través del folclor, guardando el debido respeto a la imagen tradicional y folclórica del pueblo?