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Mal augurio


Su madre odió hasta la saciedad el mono del vecino. La verdad fue un odio recíproco, entre la mujer embarazada y aquel insignificante animal.

Diariamente, cuando la mujer salía a lavar la ropa, el monito gritaba y saltaba como endemoniado, dentro de la jaula improvisada en la que lo habían metido hacía algún tiempo. Parecía que el animal sabía algo que los demás no.

¡Odioso mono del carajo!, era la frase diaria durante nueve meses.

 

¡Nació varón!, gritó el orgulloso padre. Valió la pena tanta espera. Había perpetuado su apellido, pensaba.

Su paternidad fue el tema central en la tertulia acostumbrada en el patio del vecindario, en la que comentó de manera jocosa: “¡Le pondré mi nombre: Romuardo Rosses! ¡Ja, ja, ja ¡Será un gran hombre, hará cosas maravillosas de las cuales me sentiré muy orgulloso!”.

Como cualquier padre responsable, el pobre hombre tenía sus esperanzas puestas en aquel pequeñín.

 

Junior fue el consentido de la casa. Pero, al parecer, el arbolito venía podrido de fábrica. El pensamiento torcido siempre anidó en su mente, y muy por el contrario de lo que su padre esperaba, los problemas comenzaron desde la época escolar de Ardito.

El dinero. Ese fue siempre su dios. Primero comenzó rebuscando las pertenencias de la madre, baratijas que ella llamaba prendas, maquillaje, fragancias y cosas como esas. Se las llevaba a la escuela y las quemaba con las compañeras de clases. Ellas jamás investigaban la procedencia de los artículos y como eran más baratos que en el mercado limpio, contestaban a sus conciencias ¿para qué preguntar?

Luego lo hizo en el vecindario, y aplicaba, a su conveniencia, el dicho de que las cosas son del que las necesita, así cualquier cosa mal puesta era sinónimo de dinero.

 

Su disimulada vida delictiva fue creciendo y del vecindario saltó a un ámbito más amplio, sus empleos.

Romuardo no era tonto, había realizado estudios en diversas áreas y sus habilidades intelectuales le permitían ir puliendo sus artimañas para tener dinerito extra.

Sus créditos le permitieron conseguir un puestito honorable en una empresa que siempre se reservó. Allí echó raíces y sus tentáculos crecieron con el paso del tiempo. Paralelo a los negocios de sus jefes, él negociaba lo suyo y todo lo maquillaba. Su vida transcurrió así, negocio aquí, negocio allá, siempre todo disfrazado.

 

Pero como dice una famosa canción: “todo tiene su final, nada dura para siempre, tenemos que recordar que no existe eternidad…”, Romuardo Rosses fue apresado, pues sus malos manejos fueron descubiertos. Sus compañeros hartos de la situación le pusieron una cama.

Y cuando salió en el reporte de noticias y el vecindario entero lo vio, nadie dudó en gritar sorprendido: ¡Es el cara de mono!


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647221
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América