...alma será por alma, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie.Deuteronomio 19:21.
Si alguien os agrediera, agredidle en la medida con que os agredió.Corán 2:194.
"Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego".Mahatma Gandi.
Cuando Sara y Abraham se casaron fueron a vivir al apartamento que habían comprado meses antes en Altos del Mirador. Cada edificio de aquel exclusivo sector residencial tenía su propio salón de eventos sociales, su propia piscina, su propia cancha de tenis y su propio gimnasio.
Abraham y Sara solían nadar en la piscina los domingos bien temprano, antes de que se llenara de gente. Un día, coincidieron allí con otra pareja joven que resultó ser la que ocupaba el apartamento próximo al de ellos. Conversaron un rato sobre tópicos locales. Los vecinos se expresaban en correcto castellano y, si no hubiera sido porque al despedirse dijeron llamarse Ibrahim y Aixa, no se habría notado que eran árabes. Abraham, tratando de disimular la sorpresa, le dijo a su vecino: «Hombre ¡qué casualidad! Somos tocayos. Porque nuestros nombres significan lo mismo, ¿no es así?».A partir de aquel día se fue incrementando la amistad entre ellos; se visitaban frecuentemente, hicieron juntos varias excursiones turísticas y hasta llegaron a ser socios en un par de negocios. Aixa y Sara fueron madres casi simultáneamente y después sus hijos asistían juntos al mismo parvulario.
Así pasaron varios años. Aunque ambas parejas eran fieles a las religiones de sus padres y cada viernes y cada sábado asistían respectivamente a sus centros de oración, trataban respetuosamente de evitar conversar sobre la fe de cada cual.
Por las tardes, solían reunirse a merendar en alguno de los dos hogares. Un día estaban tomando té los cuatro en el apartamento de Sara y Abraham, mientras los niños se divertían compartiendo sus juguetes. Un noticiario de televisión mostraba a los habitantes de Gaza corriendo despavoridos entre los escombros de las casas derruidas por las bombas israelíes. Las madres mostraban desesperadas los cadáveres de sus bebés y unos ancianos vagaban llorando por las calles desiertas. Ibrahim quedó como hipnotizado y, sin poder quitar la vista del televisor, exclamó: «¡Hijos de puta judíos!». Abraham abrió la boca para decir algo, pero se calló porque Sara le dio disimuladamente con el pie. Aixa trató de aflojar la tensión diciendo que todas las guerras son horribles y que hay que rezar para que haya paz en el mundo.
A partir de ese día, las relaciones entre ambas familias se fueron enfriando. Los hombres apenas se veían y cuando se encontraban casualmente en el estacionamiento o en el ascensor, casi siempre después del trabajo, no pasaban de darse las buenas noches. Las mujeres se veían con cierta frecuencia, pero lo trivial de sus conversaciones y la voz atiplada con que se hablaban denotaba desconfianza.
La primera escaramuza fue el día del cumpleaños del pequeño Moisés. Sara insistió en que había que invitar a los vecinos, aunque sólo fuera porque ya lo habían hecho en otros cumpleaños. Abraham había bebido suficiente vino como para desconectar de su cerebro la prudencia. Le ofreció una copa a Ibrahim y, ante la negativa de éste, insistió diciéndole: «No seas gallina, hombre. Tómatela, que aquí no está el imán de la mezquita para regañarte». Ibrahim se burló de los rabinos; de los insultos religiosos pasaron a las acusaciones morales, tuvieron que separarlos para que no se pegaran y poco después Ibrahim y familia desaparecieron de la fiesta.
La segunda escaramuza fue cuando se reunieron para deshacer los negocios que tenían en sociedad. Acudieron con sus respectivos abogados al salón de eventos y, después que firmaron todos los papeles, Sara dijo que sentía mucho que lo que estaba pasando entre palestinos e israelíes les afectara a ellos que vivían tan lejos del conflicto. Ibrahim gritó que él no podía tener un amigo de “aquella raza maldita que estaba masacrando a sus hermanos”. Abraham contestó que los judíos ya estaban allí muchos siglos antes de que llegaran los árabes. Ibrahim replicó que eso era mentira, porque cuando llegaron los musulmanes allí no había ningún judío, porque habían sido expulsados por los romanos. Abraham dijo que todos los pueblos tienen derecho a una patria y la de ellos es Israel.
Ibrahim dijo que si las potencias cristianas querían darles una patria a “sus” judíos, que les dieran una provincia de cualesquiera de sus países en vez de regalarles tierras ajenas. Después callaron, pensando sin duda en la imposibilidad de ponerse de acuerdo.
Moisés y Musa, frutos de ambas parejas, jugaban y reían ajenos a las discusiones de los adultos. Cuando sus progenitores los llamaron, Aixa se los quedó mirando enternecida y dijo: «Dejémoslos que jueguen un rato, que ellos ¡pobrecitos! no conocen la Historia». Sara quedó pensativa y respondió: «¡Ojalá nunca la conozcan! ¡Maldita Historia!».