El ruido que producen quince mujeres hablando sobre otra te ensordece al tiempo que tus conversaciones, para impresionarse mutuamente, te aburren.
-... la semana pasada, Jaime fue a su primer día de colegio...
-¡Ay! Pues vieras a Andrés con su uniforme de fútbol, está de lo más gracioso, como para comérselo...
-Sí, sí, sus chicos. Pues mi Laurita será primera bailarina en la función de final de año...
-¿Con solo cinco años?
-Ya ves, la profesora dice que es excepcional, que Laura es todo un prodigio...
Miras tu café y juegas con la taza entre los dedos. Siempre las mismas cantaletas. Las oyes mientras te cuestionas cómo es que caes y te apuntas a estas reuniones de antiguas compañeras del colegio año tras año. Sigues mirando la taza de café, la espuma ha desaparecido y los grumos de canela flotan sobre el líquido, más lechoso de lo que te gusta. Esta vez lo dices, que también tienes derecho. No será futbolista ni irá al colegio y, obviamente, por su condición, jamás será primera bailarina, pero sigue siendo tus ojos y la fuente de tu alegría.
-Pues a Matilde le gustan los gatos. -lo sueltas sin perder la concentración en el fondo de tu taza.
Silencio. Miradas que pasan del asombro a la condescendencia. Sonrisas como la de la Monalisa, que la verdad es que ni sonríe. Las enfrentas mientras parpadean rápidamente esperando que alguna valiente haga un comentario que las saque a todas de una situación tan incómoda. Disfrutas haberlo dicho. Ya era hora. Relames mentalmente tus palabras. "Sí, a mi Matilde le gustan los gatos". Sonríes con una mezcla de ironía y desafío. Te sientes liberada y vencedora.
-Laura quedó fascinada con Matilde, ¿cuántos años tiene ya? -alguien trata de romper el hielo del momento.
Ya tuviste suficiente. Sabes que serás el tema de conversación por el resto de la tarde, y de más de un par de reuniones a las que esta vez, por más correos que te envíen, estás segura de que no irás. Puedes imaginar cómo sigue la charla sobre ti.
- ¿Y qué pasa con Matilde?
-¡Ay, mujer! ¿no sabes?...
Llegas a casa con las bolsas del supermercado. Además de unas chucherías para Matilde, le traes su leche preferida, la de vainilla, te han dicho que no le sienta bien, pero hoy nada te importa, a Matilde le gusta. Tienes ganas de meterte junto con ella en la cama, arroparte bajo las sábanas y sobarle la cabecita. Digan lo que digan, es tu bendición.
Abres la puerta, "¿Matilde?". No hay respuesta. "¿Matilde?". Ahí está. Contenta se baja del sofá y ronroneando se frota con tus pies, maúlla ante el olor de la leche. Matilde. Tu Matilde. A la que también gustan los otros gatos.