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¿Me callo o lo digo?

“No he de callar por más que con el dedo, (…) silencio avises o amenaces miedo” Quevedo


¿Podrá alguien dar una respuesta definitiva al dilema verbal que planteo en el título, sea lo que sea que haya que decirse o callarse? Más que difícil, es imposible la respuesta definitiva, pues el ser humano no tiene una naturaleza determinada ni es algo inmutable y sus entendimientos son variables y sus exigencias caprichosas. Sabemos que esa respuesta utópica con ínfulas de unanimidad nunca se alcanza. Es como cuando hablamos de “absoluto” que es la más remota entre las metas del hombre. “Absolutamente cierto” “Absolutamente falso”. ¡Epa, hombre! ¿Cuántas veces caemos en ese hueco sin escalera? Y precisamente la palabra “absoluto” nos puede convertir en fanáticos, en fundamentalistas.

Desde muy joven, cuando descubrí a Ortega y Gasset, quedé atrapado en su relativismo y en su bien disimulado humor doctoral capaz de decir que la física de Einstein no era relativa sino relativista y que merced a su relativismo conseguía una significación absoluta. ¡Olé, Ortega! Ha pasado el tiempo y no tengo la menor intención de abandonar mi cómodo relativismo, claro que tampoco podría jurar que me durará toda la vida.

Mi comodidad me empuja al medio, a las infinitas gamas del gris, al eclecticismo. Seguiré usando el NO y el Sí, según me lo dicte la conciencia.

 

Estoy con aquel famoso “hombre del tiempo” que risueñamente solía decir: «Puede que llueva como puede que no llueva. Salga usted con paraguas, que también sirve para el sol.»

Basta con entrar en uno de los tantos programas de reality que pasan por televisión para entender que este siglo XXI es el del «No quiero» y «Sí me atrevo». Allí recorren sin pudor toda la gama del mal gusto. Para suavizar digamos que vivimos un siglo iconoclasta. Sólo respetamos lo que se da a respetar por la fuerza del terror, lo cual produce a su vez un inédito irrespeto: desear la muerte y la mentada de madre silenciosa. Así, en vez de tomar la posibilidad que Hamlet se plantea de “levantar los brazos contra ese torrente de calamidades”, usamos la voz (y si eres muy cauto, susurras), ya que la palabra hablada es menos peligrosa que la escrita porque se la lleva el viento. Pero lejos estoy de menospreciar la valentía del que habla, del que no sólo no miente sino que dice su verdad, del que no se acoge “a la previsión que nos hace a todos cobardes” (para cerrar con Hamlet).


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491400
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América