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Me vuelvo necio

[B]«El hombre obsesionado con la idea de ser leído se vuelve necio” Merejkovski[/B] A la gentil dama que me escribió diciéndome que agradece aquella columna sobre


Ernesto Endara (Escritor (necoendara@gmail.com)) / Escritor (necoendara@gmail.com)

[B]«El hombre obsesionado con la idea de ser leído se vuelve necio” Merejkovski[/B]

A la gentil dama que me escribió diciéndome que agradece aquella columna sobre “El placer de pensar”, debo decirle que soy yo quien agradece que la haya leído. Creo que nada hace más feliz a un escritor que lo lean y le regalen un aplauso. Para ella esta otra minireflexión que utilicé como prologuito para un cuento:

“Permítame una breve disquisición antes de empezar a relatar una curiosa historia que pretende enseñar a no llorar.

Ha de saber que leí con mucho cuidado la profunda y complicada Teoría sobre las emociones del célebre Jean-Paul Sartre, obra que influyó sobre mi amigo Eusebio Loaiza. Después de esa y otras lecturas por el estilo, quedé convencido de que es vano el intento de los grandes pensadores por establecer normas al comportamiento humano (incluyo a Freud, Jung, Frankl, Kierkegaard, Lévi Strauss, Margaret Mead, Marcuse y –que me perdonen por no mencionarlos– el resto de esa pandilla de hombres y mujeres sapientísimos sin los cuales la vida intelectual hubiese parecido un carrusel visceral y aburrido).

Ahora estoy seguro de que a Eusebio le hizo más daño que bien el aceptar como verdades irrebatibles las conclusiones del polémico Sartre. Todavía más, me atrevo a afirmar que a cualquiera le hará daño creer a pie juntillas lo que oye, lee y hasta lo que ve (la vista nos engaña con excesiva frecuencia); porque eso de creer a pie juntillas nos convierte en fanáticos. Si algo debemos agradecer a los sabios es que no enseñan a pensar/rebatir, pensar/criticar, pensar/comparar, pensar/disentir; y, una que otra vez, pensar y aceptar. Recuerde, pensar es lo más íntimo y personal de nosotros. Y, pensándolo bien, mejor hago un [B]stop[/B]en mis lucubraciones porque ya estoy pisando la raya que convertiría este prologuito en un exordio pesado y excesivo.

Así pues, me detengo ante la historia, verídica por demás, de la dura lección sobre el llanto que Eusebio, conocido como Chevo, aplicó a su nieto Titín, y de la cual fui testigo muy voluntario”.

El cuento no cabe en mi columnilla de DíaD. Contra mis principios meto una cuña: si quieres leerlo, “Panamá milagrosa”, está en Exedra y en los R/S. Ya ves, como dice Merejkovski, me vuelvo necio.


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871567
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América