Irving Saladino llegó desde Beijing con una medalla, cuyo simbolismo es innegable. Esa pieza de oro de 70 milímetros de diámetro y 6 de espesor, con la imagen de la Diosa Griega de la Victoria sobre el antiguo Estadio Panathinaikos de Atenas, es la confirmación de su supremacía entre los que practican el salto de longitud.
A su arribo a Panamá, ratificó que la presea, aunque fue producto de su esfuerzo y sacrificio personal, le pertenece a todos los panameños.
A cambio, la gente le respondió con algo que quizás no tenga el valor metálico de la presea traída desde tan lejos, pero su peso es significativo.
Es una medalla que no cuelga sobre el cuello, ni se guarda en una vitrina, sino que está siempre con quien la porta, y por nichos tiene la mente y el corazón; justo allí donde nadie los puede robar.
Saladino no olvidará la tarde que saltó los 8,34 metros que fue su catapulta a la inmortalidad en el deporte panameño, pero tampoco podrá borrar de su mente esa medalla del pueblo, hecha a base a cariño, respeto, admiración y sentimientos que le fue entregada en cada esquina, en cada barrio, en cada ciudad y en cada provincia de este país.
No hubo distinción de ninguna índole y en ese homenaje espontáneo se confundieron expresiones autóctonas, ritmos tropicales y gentes de todas las edades.
Al final, esta victoria y su consecuente celebración nos deja algunas lecciones sobre el valor de la humildad, la importancia de la familia, la fe en Dios y la unidad para el logro de los objetivos.
Hoy, cuando la efervescencia del éxito se está apaciguando, queda abierta la oportunidad para mirar hacia atrás, pensar en el futuro y convencernos de que los imposibles solo están en nuestras mentes.