Ya viene el cortejo, la algazara de los bergantes, el festín de los endriagos. En pocos meses nos tocará elegir nuevas autoridades. Como ciudadano uno espera que en la muestra por elegir se encuentre gente que vale la pena, gente que haga lo mejor que se pueda con nuestra confianza, nuestra poquita fe y con los presupuestos también.
Aterra imaginar el cruce ignominioso de la publicidad, siempre tramposa y embustera, con que “los iluminados” no de sus bondades, dudosas de todas maneras, sino de las iniquidades del otro. Mira ve: si uno de esos candidatos será el presidente, el diputado, el alcalde, el representante, de todo el país, el distrito, el corregimiento, respectivamente, y de vencer se le deberá respeto a la majestad del puesto, ¿por qué razón atentar contra la personalidad de ese “pobre” ser humano que se sacrifica por nosotros representándonos? “El elegido” representará algo así como nuestra identidad. Vamos a respetarnos, pues luego, luego… No quisiera que me abrumaran por los medios con desperdicios de creatividad.
Creo que las empresas televisoras, radiales, los dueños de medios, las publicitarias, los equipos de campaña, incluidos los agazapados coprófagos, que urden cada excreción, deben poner su inteligencia, su creatividad, su imaginación al servicio de la población y ofertar los programas de gestión de cada candidato con elegancia, con arte, con poesía, en fin desde la estética. ¡Ustedes pueden, muchachos¡ No acepten menos.
Un puñado de carroñeros ha de caer, con uñas y dientes, sobre una res agónica, me refiero a la democracia electorera. A esta edad la pienso como un camino si propósito; una ruta para que unos cuantos cínicos y sinvergüenzas, que no bien ganan la curul o se posan en la silla del despacho ministerial, ya empiezan a servirse de los favores del dios Pluto.
Sé que existe el “pacto ético”. No diré, por decencia, en qué clase de papel creo ha sido escrito, tampoco con qué clase de tinta. Vampiros y piratas disputándose lo que quede al final del día, de la osamenta de país en que casi se nos ha convertido, cada lustro.
Al descalificar a alguien me descalifico. Al estigmatizar al prójimo me estigmatizo, al amenazar a otro yo me vuelvo vulnerable. Si decido ejercer violencia contra otro individuo, me convierto también en destinatario de esa misma falta. El voto se ejerce con fe y confianza. El que descalifica a otro no puede ser digno de confianza, y no merecerá mi voto.