Ya está. Creo que eso es. Este año creo que he descubierto la razón. Odio la navidad por fea. Sí, si …bla, bla, bla… ya saltaron los de siempre, ¿Qué como puedo vivir conmigo misma siendo tan frívola? ¿Qué si no me doy cuenta de la trascendencia histórica del acontecimiento que celebramos? ¿Qué si no soy capaz de fijarme en la espiritualidad del hecho? Pues miren hoy me he levantado especialmente paciente y se lo voy a explicar a todos ustedes. Lo de la frivolidad pues …qué quieren que les diga, la considero necesaria para soportar sin colapsar el día a día. La trascendencia histórica… pues a ver, si dejamos claro que en el caso de creernos que Jesús nació, (no se pongan ustedes así, hay miles de millones de personas en el mundo que no lo creen) no nació ni en el mes ni en el año que se le atribuyen como cumpleaños, y que (es de todos sabido) la Iglesia, varios siglos después, impuso esta celebración el 25 de diciembre porque era el día de celebración del nacimiento de Mitra, y estaban muy cercanas las fechas de celebración del solsticio de invierno, (esas sí que hace dos mil años eran celebradas ampliamente por casi todos). Partiendo de estas premisas, esto no es más que una fiesta impuesta hace siglos para que recordemos algo que la Iglesia quiere. Vale, pero ¿por qué no son más cuidadosos con la estética?
Fíjense que este año ya no me quejo del tráfico, total, entre el Metro, los remanentes de los diablos rojos que quedan enloquecidos por las calles, los automovilistas que entran en un paroxismo de furia suicida y los del MOP aderezando todo esto con un poquito de huecos mal tapados e ineficiencia en el trabajo nocturno, los retenes absurdos de la policía y los camiones de la basura, que en estas fechas siguen pasando a las peores horas posibles y montan unos pitotes de padre y muy señor mío, esto ya no tiene remedio.
Tampoco me quejaré este año del ansia viva que consume a todos. El ansia de comprar por comprar. De comer por comer (ayer vi a una persona comprando un jamón de veinte libras y me decía, ‘En casa a nadie le gusta el jamón, pero es navidad y hay que hacer jamón’ ¡Plop!) No, no me quejaré de eso.
Pero la fealdad, ay, señores, como Petronio en Quo vadis, yo también desearía poder abrirme las venas elegantemente en estas fechas para no seguir viendo el mal gusto que impera y arrasa.
No es solo un tema de Bosco y sus engendros mal hechos en la cinta costera. Esos espantos ridículos de ratas empolleradas y galletas de jengibre gigantes. O las pesadillas horribles que nos esperan en Vía Argentina por obra y gracia de un detergente. No, es que encima, estos horrores son mochos, están despintados, y en muchos casos les faltan trozos.
Eso es lo que me ataca, si me quieren hacer creer una mentira, por lo menos debe ser hermosa. Si me vas a engañar, tomate el tiempo de hacer algo estéticamente presentable. Los belenes son un asco de incongruencias históricas, los villancicos tienen letras absurdas. Los árboles de navidad son un guirigay de colorines chillones y discordantes puestos sobre un ser vivo que agoniza en la sala de nuestra casa. El espumillón de colores, los papeles brillantes, los lazos, las bolas …estamos inmersos en una enorme espiral de fealdad y mal gusto.
Hoy, cuando pase la resaca sólo nos quedará un regusto acre y montones de papeles y lazos feos tirados a la basura. Deprimente.