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Mi Mercado Público

Los carretilleros, con sus carretillas de madera pintarrajeadas de colores -que parecían arco iris montadas en unas ruedas diminutas-, iban arrastrándolas hartas de naranjas, mangos, mangotines, aguacates, gavillas de pixbaes, tomates, guandúes, marañones, mamones, en ese mercado.


Allá al fondo, donde las paredes se daban besos con el mar, entre tablones revestidos de planchas de metal atestados de cuantos víveres podamos imaginar. Entre el vaivén incesante de gente, en un ir y venir de nunca acabar, se veía el puesto de mondongo del tipiquero santeño, el que más tarde con su composición romántica cantada a los espejos y al alma, saltaría a la fama. Se le veía siempre con su esclava de oro macizo a la muñeca, revolcándola entre las vísceras del sacrificado mamífero cuadrúpedo que alimenta a media humanidad.

A la entrada, como en las grandes oficinas, te recibía como una gran anfitriona Doña Julia. La culisa. Siempre impecable y perfumada con su Agua Florida y ese talco provocativo que las vedetes de antaño se aplicaban con un pom pom de seda fina. Su cabellera mulata era domada como potra rebelde por la pomada “Brillantina para mí”, que hacía que cada pelo se quedara en su sitio como cuando planchas una pieza ajada.

La veías ahí revolviendo y columpiando el cucharón, para después dejar caer a la olla como una cascada, el néctar divino, como pa´ enamorá a cuanta alma pasara por ahí.

 

Era como un gran bazar bullicioso y apretujado, intenso y sencillo, multifacético y sorprendente. Parecía una caja de Pandora. Había de todo como en botica.

Desde bien temprano había movimiento. Los cubículos enchecherados y llenos de chimbiliques eran el sustento de los pequeños comerciantes. Carniceros y gallineros, hierbas y hierberos, chicheros y buhoneros eran el complemento del mercado, como en un juego de ajedrez donde cada pieza es vital.

Unas mesas enormes que brillaban como el oro que descubrieron en California albergaban las carnes y vísceras de cuanto animal se comiera: vaca, gallina, puerco, paloma, conejo, iguana. Los dueños iban vestidos con un gran delantal blanco que les arrastraba y que poco a poco se iba tiñendo de púrpura de la sangre de la mercancía ofrecida, como derrame de petróleo en altamar.

 

Iban embotados de hule. Algunos cubrían sus cabezas con unas gorras claras, almidonadas y paraditas que se parecían a los barcos que alineados se amontonaban en la bahía esperando su paso a través de la octava maravilla del mundo.

La hierbera con la cabeza amarrada protegiéndose de la neblina tempranera. Parecía mollera de recién nacido abrigada. Tenía clientes madrugadores, que adquirían su montón de hierbas: zarzaparrilla pa’ limpiar la sangre; artemisa pa’ la chiquilla de la casa a la que no le baja la regla; sábila con miel para las arrugas; anís para que los bebés duerman como angelitos.

Cómo obviar al comité de recepción: los gallotes, con su plumaje tenebroso, su presencia imponente e impaciente y su rostro intimidante, avistando cualquier desecho suculento para devorarlo ahí en el acto.

 

Había uno que otro. ¡Uno que otro! tracalero. Nada de qué aterrarse. Deambulando, acechando a algún despistado por ahí.

La gente iba y venía, como en las calles de las grandes ciudades, apretujados, con su bolsa de mercado repleta, pa´ la comida de la semana.

El puesto de Doña Ana. Bien surtido. Tenía clientes fijos. Su sobrino avispa’o, que era su asistente, iba y venía. Formaba su fila pa’ comprar los víveres. En el muelle esperaba a los barcos darienitas que atracaban repletos de plátanos verdes, que a causa de los destellos con que el astro sol los envolvía, parecían más bien cargamentos de esmeraldas usurpadas viajando hacia el viejo mundo. Iba bien temprano y en un dos por tres quedaban vacíos.

 

Llegaba al puesto con los vegetales frescos recién llegados de los camiones chiricanos. Arreglaban todos los productos en el rincón de Doña Ana, para que lucieran vistosos para sus clientas. Como cuando te vestían de limpio por las tardes. Al repollo lo desvestían y lo acicalaban pa’ que estuviera presentable y apetitoso pa´ las clientas. Al tomate lo pulían con un trapo limpio, igual que un limpiabotas sacándole brillo a un Florsheim, para que brillara y sedujera a los compradores como la manzana del árbol prohibido en el edén de Eva.

Cuando el puesto de Doña Ana se ponía “lento”, salía el sobrino consentido a vender guandú, de puerta en puerta, por ahí por la Ave. B., a diez centavos el mazo. En ese tour de trabajo, una que otra doña le acariciaba la quijada a ese chiquillo lindo, como endulzándolo para prometido futuro de su nieta pequeñita aún. Es que ese niño trabajador y responsable les causaba admiración. Llegaba al puesto de la hermana de su mamá, feliz, con el producto de la venta de una docena de manojos de guandú se creía millonario como Donald Trump.

Los carretilleros con sus carretillas de madera pintarrajeadas de colores -que parecían arco iris montadas en unas rueditas diminutas-, iban arrastrándolas hartas de naranjas, mangos, mangotines, aguacates, gavillas de pixbaes, tomates, guandúes, marañones, mamones, en ese mercado inquieto y bullicioso.

A las costillas del Mercado Público hervía como un caldo, un mundo paralelo. Comercio como en un mercado negro, donde encontrabas lo inimaginable. Patentizando un comercio de pasiones. Amores que se compran, amores clandestinos, donde féminas de todas las edades deambulan y se venden al mejor postor y a cualquier postor. Sitio de “chinguia” y apuestas. Mercado Público, plaza de citas furtivas y clandestinas amparadas por el vaivén azaroso y despistado del montón de feligreses inmersos en sus propios mundos.

Ahí en el Mercado Público, en donde la resbaladera es anfitriona.

Ahí donde el gallinero (des) ayuna y en el ombligo del día, cuando el sol está en lo alto, recarga baterías, con una sopa caliente de pecho con verduras, espesa y suculenta, cocida en una de esas ollas enormes como las que habitan en las cocinas de las cárceles, llenándolo de fuerza y vigor para seguir la faena azarosa como ese personaje invencible: Hulk. Ahí cena también y vacila un trago.

Las doñas arrebatadas por conseguir los huevos de patio pa’ que los varones en crecimiento, de la casa, aseguraran, como una póliza de seguro, su desarrollo varonil.

Ahí donde el carnicero enamora a la clienta fija, con un corte especial o una ñapa de ropa vieja.

Ahí donde los muros del terraplén soportan el estallido burbujeante de las olas inquietas. Mar que alberga el zarpar de naves darienitas y otoqueñas.

Ahí donde el hierbero “prepara” su menjurje mágico prometiendo inteligencia, lombrices en estampida y líbidos rescatados. La sábila pa´ espantar los enemigos no podía faltar.

Ahí donde consigues el picante chombo, ese que saltó a la fama, viajando por el mundo conquistando paladares. El picante cholo y algún otro casero hecho por la consorte del dueño del puesto.

No eran tiempos de cirugías ni de maquillaje de genes. ¡Todo era tan natural!

Los endiablados rojos no habían hecho su debut todavía. Los de moda eran unos buses celestes todos. Otros más grandes y largos que para pasar a los asientos debías, con tu abdomen y las manos arriba, empujar una barra suave y llevadera depositando el pasaje desde antes.

Los de La Chorrera eran grandes y seriotes. Nada de obras de arte pintarrajeadas por todos lados, ni pregones altisonantes ni luces de neón. Los “mami”, los “guial”, los “mijita pues”, todavía no habían nacido.

Era un mundo inocente, castizo, diáfano, confiado, amigable y seguro. Así de confiado que el tipiquero santeño que después algún animador de tarimas de hablar jondea’o le endilgara el mote inspirado en ese árbol recio e imponente, abrazó su acordeón, cerró el puesto de mondongo y fue a comerse al mundo con su música.


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533806
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América