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Mi mundo


Semanas atrás, en televisión, un comentarista quiso sustentar cierta información leyendo una nota aparecida en un diario español. Todo iba bien, hasta que llegó a una palabra que más bien parecía un bache ante un auto de lujo, porque hizo que el presentador se detuviera, arrugara el entrecejo y, pausadamente, leyera sílaba por sílaba: de-ses-com-brar. Luego levantó la vista (ceñudo aún) y, mirando a la cámara, expresó: “¡Qué palabras inventan estos españoles!”

En verdad, “desescombrar” es un verbo de la lengua común; significa: “desembarazar un lugar de cosas o materiales que estorban”. Se puede usar para referirnos a los trabajos que se hacen para nivelar un terreno, o a los que procuran quitar basura o restos de una edificación demolida. La prensa española y los que escriben en ella no están exentos de gazapos (¿quién sí?), pero por el ejemplo de marras no se les puede escarnecer. En cambio, al comentarista le vendría bien ampliar sus lecturas.

Tengo una novela escrita por uno de los alumnos de los talleres literarios que dicto; me dice que la presentó a un concurso, sin éxito, pero logró atraer la atención de uno de los jurados, quien realizó algunas apostillas al margen, con ánimos de corregirlo. La novela, ambientada en los primeros años del siglo pasado, inicia así:

 

“Ceferina se incorporó sobre la cama, sorprendida por haber dormido tanto. Afuera, la neblina se oponía con terquedad al paso de los primeros rayos del sol. Mientras se calzaba las chancletas, le pidió a la Virgen, en una fugaz oración, que ese día no lloviera; es que no era normal tanta agua en marzo, a pesar de que las cabañuelas de su padre se lo advirtieron dos meses atrás.

Con un leve torniscón, más bien de cariño, levantó a sus dos hijos, quienes dormían en una misma cama al lado de la suya. Les abrió el apetito anunciándoles que prepararía morongas para desayunar, pero antes les puso condiciones inapelables: ir a revisar la nueva lechigada de cerdos que comenzaban a atronar desde el chiquero, echarles maíz a las parvadas en el corral y soltar al bayo para que pastara en el llano. Además, les recordó que después, si el tiempo se mantenía bueno, desherbarían los alrededores de la casa donde, exageró jovialmente, a lo mejor se guarecía un tigre.

Los chiquillos obedecieron sin chistar; en eso no se parecían para nada a su padre, pensó Ceferina con un suspiro, para luego atarse un moño en lo alto de la cabeza, con movimientos enérgicos que no tenían otro propósito que cerrarle el paso a la cabanga que amenazaba con cercarla cada vez que pensaba en Eligio.

 

Ya en la cocina, alzó la vista para resguardar sus ojos del humo primerizo que la hacía llorar, y alcanzó a ver, sobre el telón de las montañas lejanas y aún en penumbras, dos o tres fucilazos que no le auguraron nada bueno…”

La novela sigue, pero deseo destacar el contenido de las apostillas. Al lado de varias palabras de este texto, el examinador colocó signos de interrogación, y debajo de algunas letras un doble subrayado. Es más, al margen de la segunda página fue tajante: “Lenguaje confuso”, advertencia que, traducida, podría significar: “¡Qué palabras te inventas, tío!”

No podemos aspirar a conocer todo el ámbito de la lengua; la vida es muy corta para ello. Sin embargo, un profesional debe aventurarse fuera de su marco inmediato y personal, para ampliar su vocabulario. De otro modo, todo lo que no sea parte de nuestra cotidianidad nos resultará extraño y confuso.

 

Que la palabra te acompañe.


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586915
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América