“La literatura empieza cuando uno se ha vuelto literatura” César Aira
Cuando Jilma Cecilia llevó a mi hermano Toñito a Costa Rica para que el Doctor Agüero le examinara un ojo que no lloraba, me dejó en la casa del tío Alberto McGeachy, casado con mi tía Chabe. Era un panameño-irlandés, alto, enérgico, periodista, fumador, buceador de Enciclopedias (la Británica era su noria favorita), comedor de arroz con leche, y, lo más importante en su vida, editor del Star & Herald. Como periodista ganó un Premio Moors Cabot en 1944 (el mismo que años después ganaría Sánchez Borbón).
Un tío como para no portarse mal. Como llegué tarde el viernes, me prohibió salir sábado y domingo. Arrestado. Siendo las siete de una espléndida mañana de domingo, y habiendo cumplido sin chistar el encadenamiento del sábado, me atreví a pedirle permiso para ir a la cercana playa de Santo Domingo. Revisaba unos papeles, soltó una espesa nube de humo al aire. Sin mirarme dijo: «No». Un no seco, un no que no admitía discusión. Como yo sabía que en el fondo era hombre justo, le pedí permiso para usar su máquina Remington. Tosió levemente y luego hizo un ademán de resignada aceptación. Fui hasta la máquina, metí una de esas periodiqueras páginas morenas que olían a acera mojada y comencé a teclear el sueño que había tenido la noche anterior. Se trataba de mi propia muerte. Me velaban en la iglesia de San Francisco. Mi madre, inconsolable, vestida de negro lloraba al lado del cajón. Me incorporé y la vi. Y vi todo lo demás. El luto de las señoras, los rezos, la caoba de mi ataúd. Doblaron las campanas. Yo sabía por quién doblaban. Salí del ataúd y floté hasta mi madre. Le dije al oído: «Estoy vivo, vámonos a casa. Pero ella no podía escucharme...»
Seguí escribiendo. El tío Alberto pasó detrás de mí sin detenerse. Fue hasta el balcón y volvió. Terminé mi historia, cubrí la máquina, me levanté, tomé agua. El tío Alberto preguntó: «¿Qué escribiste?» «Un cuento», contesté. «Tráeme ese cuento». Se lo llevé, se caló los espejuelos y lo leyó de un tirón. Entrelazó las manos detrás de la nuca y se estiró. Me dijo: «Puedes ir a la playa, pero estás de regreso a la una y media para almorzar». Me fui soplado. Nunca supe si le había gustado el cuento o me dejaba ir a la playa para que no se me ocurriera escribir otro.