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Mi primer día en Madrid

Erodito Atencio me contó, Barajas y la estación de metro, lo que según él debía saber acerca de mis futuros compañeros.


Erodito Atencio, el primer panameño que conocí en Madrid, llevaba tres años luchando a su manera contra un doctorado en educación que al final pudo más que él. Después de concluir los cursos monográficos que le exigían en la Complutense, la tesis doctoral se fue dilatando entre el humo de los cigarrillos rubios que consumía a diario, la nostalgia de los potreros que había dejado en un pueblo de Santiago y el consuelo de varias españolas que encontraban en Erodito Atencio, a un ser exótico por las historias tan raras que les contaba y que casi siempre eran exageradas. Después supe que, aparte de su locuacidad, Erodito Atencio tenía otros atributos de envergadura, que lo hacían muy querido entre las españolas.

Erodito Atencio me contó, entre el Aeropuerto Barajas y la estación de metro de Campamento, lo que según él debía saber acerca de mis futuros compañeros de apartamento. Las cortas biografías de Máximo Amores y Bríspulo Botacio (estudiantes de bellas artes) y la de Cándido León (estudiante de diseño gráfico), las intercaló con un relato fresco, que narró con todos sus detalles y del que no le creí absolutamente nada, porque su contenido pornográfico me parecía desmesurado, pero fingí interés por el entusiasmo que él le ponía a cada secuencia y los gestos con que las animaba. Sin embargo, a pesar de mi escepticismo, no tardé mucho en comprobar la veracidad de aquel relato de apariencia espurio y desmedido.

Salimos del metro y Erodito Atencio encendió un cigarrillo Fortuna. Me ofreció, miré la cajetilla con nostalgia y tras titubear le dije que no. Hacía seis meses que había dejado de fumar. Caminamos por la Avenida del Padre Piquer y bajamos por la Calle del Tembleque. Alguien después me dijo que Francisco Plácido Piquer y Rodilla fue cura y músico, turolense, más conocido por fundar casas de empeño en España que eran copias de los Monte di Pietà italianos, un invento franciscano para combatir el abuso de los usureros en la segunda mitad del siglo XV.

La impresión del barrio de Campamento era la clonación, cientos de veces, de un mismo edificio. A vista de pájaro debería parecer un juego de monoteolio. La arquitectura minimalista consistía de edificios de ladrillos exactamente iguales, con siete pisos de alto, puertas de vidrio en la entrada principal con portero eléctrico, un balcón y tres ventanas por cada apartamento.

En el barrio de Campamento empezó una aventura de siete años. Eran los años promiscuos de la 'Movida madrileña' y de la reciente democracia española. Madrid nunca dormía y desde ahí, desde Madrid —todos lo sabíamos—, se iba al cielo.


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970089
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América