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Mi Primo… Evaro (Evocaciones del Darién fluvial) (1)

Lo que menos esperó mi padre fue recibir un ejemplar equino de tal pedigrí. Y como no tenía nombre, más rápido que ligero, se le clavó - por supuesto - el de Princesa, ironía típica de nuestro pueblo. Para sorpresa de todos los que la vieron llegar, Princesa, bajo el cuidado diligente de Evaristo, cambió radicalmente de apariencia al alimentarse...


A mi hermano Norman, ducho defensor reflexivo de Darién.
Durante todo este tiempo ha madurado en mi mente lo que terminaría escribiendo de mi primo Évaro, sin lugar a dudas, uno de los personajes más pintorescos de mi niñez.
Pensó que se llamaba Evaristo Escudero pero al cumplir los veintiún años de edad, necesarios entonces para obtener la cédula de identidad personal, descubrió que aparecía en el Registro Civil con el nombre de Evaristo Ramírez. Pasó, pues, a tener como nombre oficial el de Evaristo Ramírez y el usual de Evaristo Escudero pero para nosotros paso a ser Evaro, como explicaré más adelante. Estos casos eran muy frecuentes en el pasado y la razón era muy sencilla, el registro del recién nacido lo hacía la madre utilizando su apellido. El padre de Evaristo era un hermano de madre del mío.
Se integró a nuestro núcleo familiar a finales de la década de 1940 al quedar huérfano de padre y madre. Nuestra familia estaba integrada por siete miembros y residía en El Real de Santamaría, distrito de Pinogana, provincia de Darién. Sus integrantes eran: Francisco (padre), Simona (madre) y sus hijos: Francisco Jr., Alfredo Manuel, Norman, Alba y Alfredo Ubaldo. Estos últimos con sus respectivos sobrenombres: Baby, Lito, Nun, Negra y Fellín. Evaristo pasó - de hecho y de derecho - a ser el octavo miembro de la familia. Había permanecido un tiempo con el tío Eduardo Ayala (a) Lalo quien residía en la población de Paja, en Arraiján, comunidad ésta que por lo controversial del gentilicio se le cambió el nombre a Nuevo Emperador, que ostenta actualmente.
No arribó solo en la motonave El Pirre - transporte usual para viajar, en aquellos años, de la ciudad de Panamá a El Real - sino que lo acompañó una yegua que mi padre le había encargado a mi tío Lalo. Calculamos que éste por economía se hizo de un ejemplar de aquellos que andaban sueltos a orilla de la carretera. La apariencia de la yegua hacía recordar a Rocinante por lo flaca, endeble, de poca alzada, con una oreja gacha que estimamos había sido producto de una gusanera mal curada. Lo que menos esperó mi padre fue recibir un ejemplar equino de tal pedigrí. Y como no tenía nombre, más rápido que ligero, se le clavó - por supuesto - el de Princesa, ironía típica de nuestro pueblo. Para sorpresa de todos los que la vieron llegar, Princesa, bajo el cuidado diligente de Evaristo, cambió radicalmente de apariencia al alimentarse tanto de pará - gramínea que prospera con éxito en terrenos bajos y húmedos - y kutzú - leguminosa forrajera - que había introducido en el área el Servicio Interamericano de Cooperación Agrícola en Panamá (SICAP). Princesa fue apareada con Cornetín, un caballo que, al igual que muchos seres humanos, estaba permanentemente de mal humor, nunca pudimos ser amigos. Este apareamiento produjo una descendencia que todos terminamos admirando: Napoleón, Relámpago y Doncella.
Con el milagro que se produjo en Princesa así como por las crías que ésta nos dio, las cuales al llegar a la edad adecuada, eran amansadas por Evaristo, contribuyó a que éste se hiciera de popularidad y admiración.
Llegó teniendo unos diez años de edad. De piel morena que reflejaba su heterogeneidad racial, lo común en Panamá. De adulto llegó a tener una estatura mediana; cabello corto y ensortijado; nariz aguileña y pómulos salientes; dientes separados que le evitaron caries dentaria, al respecto manifestaba con mucho orgullo que tenía todos sus "muebles", es decir todas sus piezas dentales, una verdadera proeza si tomamos en consideración que la odontología, si es que podía llamarse tal, la practicaban los dos médicos generales existentes para entonces en Darién o los curanderos; ostentaba igualmente un pecho de paloma y piernas delgadas. Su pecho de paloma se lo recordaban con mucha frecuencia. No se consideraba ni feo ni bonito sino un negro fino. Fundamentalmente sano, sorprendía por su fortaleza, sobre todo al correlacionarla con su contextura física que distaba mucho de la de Charles Atlas. Esta fortaleza la obtenía de su buen y constante apetito. Era de los que podían comer piedra. Justificaba lo de comelón porque era trabajador, voluntarioso y servicial. Estas características, que lo acompañaron durante toda su existencia, le permitía caer bien, especialmente a gente como mi padre, y otros como: el tío Ciro Quintero - propietario de barcos y ganadero en Yaviza -, Ciríaco Martínez, Calixto Morales, José del Carmen Bermúdez; para quienes las clases sociales se reducían a trabajadores y vagos. No por consideraciones ideológicas políticas sino por la disposición que tuvieran hombres y mujeres al trabajo. Desde este punto de vista Evaristo formaba parte de una aristocracia del trabajo y lo demostró al final de su vida al enfermarse, precisamente, por exceso de trabajo y falta de descanso.
Así Evaristo se dio a conocer no sólo en El Real sino en comunidades cercanas por sus travesuras, ocurrencias y las largas y cortas que pegaba. La primera vez que vio de cerca un helicóptero, que había aterrizado en el campo de juego de la entonces "Escuela Mixta de El Real"; llegó corriendo y gritando a la casa:
- ¡Tío Francisco, tío Acuña!, acabo de ver un gallinazo con una chapaleta en el espinazo.
- ¡Carajo muchacho!, tú si que tienes unas ocurrencias, contestó mi padre, y todos los que lo escuchamos soltamos la carcajada.
Así comenzó a consolidarse la fama de Evaristo como muchacho inquieto y ocurrente. El Real era, para aquel entonces, quizás el puerto fluvial más pujante del país. Un puerto del caudaloso río Tuira que no es más que un gran tajo que atraviesa, y divide, de este a oeste al Darién Panameño, a través del cual ha serpenteado, secularmente, el agua desde su nacimiento en el Cerro Pirre hasta su desembocadura en el Golfo de San Miguel en el Océano Pacífico. El auge económico de El Real provenía del hecho de que durante por lo menos tres días a la semana se realizaban los famosos "días de corte" los cuales consistían en la entrega de racimos de guineos, de piraguas a buques de cabotajes, que eran transportados a la ciudad de Panamá. Hubo un tiempo que los barcos que se anclaban frente a El Real terminaban transportando esta fruta hasta puertos de los Estados Unidos de América. Se trataba de una producción, obtenida en las riberas del alto Tuira, que ahora hemos dado en llamar "producción limpia". Vivía El Real una época dorada que se desvaneció, primero, por la virulencia de la sigatoka y, finalmente, por el desvío que se le hizo al río Tuira; convirtiéndose así esta histórica población - auque parezca inconcebible - en un puerto fluvial sin río. Este realismo mágico bien lo podría explicar mejor el Premio Novel de Literatura, el colombiano, Gabriel García Márquez.
  • The Panama Canal, Federic Hasking, 1913
  • The Panama Canal Records, 1920
  • El Movimiento Obrero en Panamá, Luis Navas, 1974
  • Los Inmigrantes Antillanos en Panamá, George Westerman, 1980
  • Revista Cultural Lotería
  • Black Labor on a White Canal, Michell L. Conniff, 1985


fecha edicion
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221408
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América