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A mí que me registren

Mucho tiempo y algunos golpes han ido ablandando a los académicos, a las academias locales y muy especialmente a la Real Academia Española para que dejaran de


Egbert Lewis (egbert.lewis@epasa.com) / PANAMA AMERICA

Mucho tiempo y algunos golpes han ido ablandando a los académicos, a las academias locales y muy especialmente a la Real Academia Española para que dejaran de un lado su reticencia y comprendieran que son los usuarios del idioma quienes finalmente tienen la última palabra.

Así, quizás ahora más que en cualquier época, algunos conceptos y palabras a las que antes se les estrellaba la puerta, entran con honores a las páginas de los diccionarios. Y la razón es sencilla, la lengua es viva, y son los hablantes quienes la van amoldando de acuerdo con sus necesidades.

A ello debemos que estén instaladas como huéspedes permanentes de los diccionarios y textos oficiales palabras que en el pretérito parecían intrusas, como enantes, cagada, tutía, pataperro, aguaitar, agora, murciégalo, cuadriplicar y plena, para citar algunas.

A propósito del lenguaje coloquial y el llamado lenguaje culto, la semana pasada asistimos a un conversatorio que lideraron los académicos panameños Berna Burrel, Juan David Morgan, Rodolfo de Gracia, Margarita Vásquez y Aristides Martínez, el cual tuvo como título “Sobre la lengua coloquial en el habla y la literatura”.

En algún momento salió a relucir el tema sobre el “registro” que debemos poseer todos para expresarnos con propiedad y de acuerdo con las circunstancias.

Los académicos explicaron -palabras más, palabras menos- que los seres humanos debemos desarrollar la capacidad de hablar según el ámbito en el que nos estemos desempeñando. Es decir, no es igual tener una conversación con un amigo que con un profesor o un superior jerárquico.

Para cada momento debemos emplear un “registro” diferente para estar acorde con el interlocutor.

Queda claro, pues, que no se trata de ser puristas ni hipócritas, sino de vestir nuestro léxico conforme el momento, lo cual no implica que perdamos nuestra identidad.

Los académicos podrán insistir en ello, pero es primero el entorno familiar y después el colegio en donde debemos aprender a cambiar de “registro” y emplear el adecuado.

Así no seguirán quedándose con los puestos de trabajo quienes están conscientes de que un “buenos días, señor” registra mucho mejor que un “qué sopá, viejo”.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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