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Mi viejo no fue un santo

Nunca logré entender cómo alguien que sabía tanto sobre cómo era la vida, vivía en una continua contradicción, con su familia, sus amigos y consigo mismo.


Cerca del mediodía llegué a la pensión y lo vi sentado en la cama con un cigarrillo, mirando al vacío. Era la primera vez que lo veía después de algunos incidentes y discusiones que nos mantuvieron distanciados alrededor de cinco años. Le había perdido el rastro, hasta el día que la policía llamó a mi hermano para decirle que había un anciano perdido que decía ser su hijo.

De inmediato, se comunicó conmigo y lo reubicamos en una pensión. Una señora cuidaba de él y de otros ancianos que vivían en piezas contiguas. Al mirarlo me quedé observando su calvicie, su pequeño cuerpo desgastado por el tiempo y su mirada que aún conservaba la fuerza dominante de sus tiempos mozos. Me puse a pensar cómo la vida se cobra en cada arruga nuestros errores y nuestras malas decisiones.

 

Si lo miraba como una persona ajena a los sentimientos de un hijo quizás podría pensar que se lo tenía merecido. Que no le debió pegar a mi madre cada vez que bebía o cuando sentía que las cosas no se hacían como él quería. Que tampoco fue necesario tratar a mi hermano, de vago e inútil y voltear su cama cada domingo para que se levante a las 7 de la mañana y haga algo en la casa.

Que incluso yo, desde los 8 años, debía acompañarlo en mis vacaciones escolares, levantándome a las 4 de la mañana para cargar ladrillos y baldes con cemento hasta las 5 de la tarde.

Recuerdo que los días del padre le daba regalos que mi madre compraba y la percepción que me quedaba no era otra que la de regalarle algo a quien sólo nos daba de comer.

 

Con el tiempo y la distancia es hasta gracioso recordar las dramáticas escenas de los auténticos platos voladores que iban del comedor a la cocina desparramando los fideos porque no estaban a la temperatura ideal.

Cuando se tiene una vida familiar signada por el humor de uno de sus miembros y todo gira en torno a las reacciones que éste pueda tener, es difícil pensar que exista un modo de vida mejor.

Sin embargo, muchas veces intentaba comprenderlo. Cargado de frustraciones, cansancio, mucho trabajo y con una ausencia de más de 12 horas diarias de la casa, debido al tiempo que le tomaba ir y volver del trabajo, necesitaba encontrar un lugar de descanso, para retomar al día siguiente la rutina y poder traer dinero.

 

La situación se agravó cuando por unos desarreglos laborales perdió gran parte de sus herramientas de trabajo, las máquinas para la construcción; los tablones y los baldes eran su mayor y único tesoro. Nunca más se pudo recuperar. El orgullo herido por haber sido su propio patrón y verse después trabajando para otros, lo acompañó mucho tiempo. Mucho más cuando se quedó sin trabajo y apabullado por el destino se dejó tentar por la distracción momentánea que da el alcohol en exceso.

Intentando comprenderlo sentí a veces que de esa manera matizaba de algún modo la tristeza de ver que necesitábamos útiles escolares, que queríamos juguetes, zapatillas o un plato de comida que mi madre debía procurarnos todos los días.

Su lucha más dura empezó cuando se enteró de que iba a ser padre por primera vez; al año siguiente nació mi hermana y cuando se suponía que nadie más iba a habitar esa casa, 9 años después aparecí yo. Pareciera que fui el culpable, pareciera que tuve que ver con esto, pero en realidad el problema ya había empezado unos años antes, de modo que mi presencia no lo mejoró ni lo empeoró.

 

La convivencia con él fue siempre difícil y, sobre todo, a la edad en que lo más importante es poder salir a la calle a jugar, tener una pelota para poder ser el dueño del juego y sentir en el viento que la vida no son sólo reglas para trabajar y estudiar. Le reprocho muchas cosas, es cierto, pero también valoro algunas que la vida me enseñó a respetar.

A los ocho o diez años ninguna enseñanza importa, ningún consejo es válido, pero este hombre rústico y golpeado, tuvo el cuidado de que no me pasara nada cuando me llevaba a trabajar. Me enseñó a cuidarme de las personas y a aprender a conocerlas. Me enseñó a comportarme en la vida, ante las personas de bajo recursos y ante la gente adinerada. Me habló sobre mentir y decir la verdad, sobre el respeto a las otras personas, sobre el valor de la amistad y sobre los misterios de la vida.

El mismo misterio que me daba vueltas en la cabeza y me perseguía y que necesitaba esclarecer, ya que nunca logré entender cómo alguien que sabía tanto sobre cómo era la vida, vivía en una continua contradicción, con su familia, sus amigos y consigo mismo.

No me imaginé que la última vez que lo vi iba a ser eso, la última vez. Le prendí un cigarrillo y preguntó - ¿Cómo está "el Ale"?- Me di cuenta de que me estaba confundiendo con mi hermano y que la vejez y el alcohol ya estaban haciendo estragos en su memoria. Al rato, entendió que era yo y hablamos de cómo iba mi vida, que me había casado y que probablemente me separaría, y me sorprendió contándome que aún extrañaba a Guillermina, mi madre, y que quería verla para decirle que todavía la amaba.

Al verlo tan indefenso en su aspecto y vulnerable en sus sentimientos, comprendí de inmediato qué respuesta estaba buscando.

Todo llega cuando tiene que llegar, teniendo yo la conciencia y la mentalidad de una persona que fue madurando y comprendiendo que la vida no siempre corre para el lado que uno quiere, logré entender que ese tipo que estaba sentado enfrente de mí, compartiendo una charla, podría ser yo. Que si no aprendía a tener cuidado y a controlar de mis actos y mis decisiones, en unos años quien escriba esta historia podría ser mi hijo.

Podría mentir diciendo que tuve la intuición, de que no lo iba a ver más. Pero no es así, ya que de haberlo sentido me hubiera quedado unos días más con él para hacerle tantas preguntas que quedaron definitivamente atragantadas. Cuando fui a verlo tenía la intención de mantener un recuerdo de su vejez, de tomarle otras fotos, de compartir un momento. No pensaba que ese instante iba a pasar a ser trascendente en mi vida.

Recién cuando me enteré de que había muerto, valoré cada detalle de ese encuentro. Fue ese mismo día cuando entendí la importancia de estar en paz con las personas, la importancia de perdonar, de sentirse aliviado.

En cuanto a mi padre, sentí que la vida ya se había cobrado cada uno de sus errores y ahora por fin iba a dejarlo descansar tranquilo y, quizás, estar más cerca de mí.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América