Tiger vuelve a pisar la hierba desde el 9 de abril, después del Masters de Augusta, su último torneo oficial. El 3 de mayo, el cáncer segó la vida de Earl Woods y Tiger, desde el fallecimiento de su padre, arrinconó los palos y olvidó la competición.
Aunque su puesta a punto sea toda una incógnita, el número uno del mundo estará, pues, listo para pujar por la victoria en el difícil campo de Winged Foot, un recorrido que ya jugó hace dos semanas junto a su preparador, Hank Haney. El campo presenta novedades interesantes en su vuelta al Grand Slam desde que ganase Fuzzy Zoeller el Abierto en 1984.
La opinión pública estadounidense, que en el ámbito del golf genera acalorados debates en un país con casi 30 millones de jugadores, se plantea también qué posibilidades reales de triunfo tiene Mickelson, quien ganó en agosto el US PGA y en abril el Masters, los últimos dos torneos de Grand Slam que se han disputado.
Mickelson, a quien le costó casi una eternidad ganar su primer "Grande" (Masters de 2004), sin embargo ya lleva tres. Pero con el Abierto estadounidense aún tiene una deuda pendiente desde que debutase hace 16 años: ha sido tres veces segundo (en 2002 por detrás de Tiger) y en seis ocasiones acabó en el "top-ten" en 15 intervenciones. Además, la historia no está del lado de Mickelson. Solamente cinco jugadores han ganado el Masters y el Abierto estadounidense en el mismo año.
Si en el Memorial los jugadores sufrieron con la arena de los "bunkers", por la medida, simple pero eficaz, de prescindir de la púa central de los rastrillos, en Winged Foot el "rough" variará en función de la longitud del hoyo.
En los pares cuatro cortos y pares cinco del campo se encontrará un "rough" más tupido y alto que en el resto.
No será suficiente, pues, con pegar largo, sino que la pegada deberá ser también recta en unas calles estrechas y con unos "greens" en alto que dificultan los segundos golpes.