Llegué a las 2.20 de la tarde y me recibió doña Flor, con un frío de 15 grados en El Castillo, barrio que está arriba de la Circunvalar, en medio de las nubes y la sabana de Bogotá, donde se respira el aire frío y el silencio de la altura. De pronto escucho “yo voy a hacerte una casa en el aire”, y recuerdo que estoy en la Colombia de Escalona.
Bajo al centro de Bogotá porque tengo que seguir el ritual de tomarme un ajiaco santafereño, me gusta un comedero que está entre la 12 y la Jiménez. Se le dice comederos a estos pequeños restaurantes en donde se come rápido y muy barato. Me voy caminando por la Jiménez, diviso el periódico El Tiempo, imponente con su antigüedad, camino entre los esmeralderos que hacen sus transacciones en plena calle en silencio total. Veo la gente vestida siempre de gris y me digo “que frío tan ‘berraco’ para esta panameña”.
Sigo caminando por este barrio que es la Candelaria, hoy por hoy es el centro cultural más importante de Bogotá; allí se respira bohemia, teatro, mochileros y muchos estudiantes. En ese barrio están muchas de las mejores Universidades de Bogotá, de las cuales han egresado panameños distinguidos. El Externado, La Universidad el Rosario y La Universidad Los Andes, posiblemente unas 30 universidades están localizadas en ese perímetro.
Sigo subiendo, porque en Bogotá solo se sube, nunca se baja. Subo a la Calera, por la circunvalar, sigo subiendo por la Candelaria hasta encontrar la Biblioteca L. Carlos Arango y el Centro Gabriel García Márquez, un verdadero monumento construido por el Fondo de Cultura Económica de México que lleva con una enorme entrega César Aguilar. Me voy hasta Monserrate a ver al Señor Caído.
Observo que las mujeres usan botas de cinco centímetros, pero es que están acostumbradas a andar por Bogotá a pie, yo recomiendo a las panameñas que visitan Bogotá que lleven bufanda, y sobre todo zapatos bajos, porque subir y subir no es fácil, además se debe tener una presión de acero y un corazón a toda prueba.
Busco libros, zapatos, bolsos, artesanías, pero al final no compro, pero salgo convencida de que he pagado un dineral porque el trato de los que me atendieron es como si lo hubiera hecho. Se trata por igual al que compra como al que no. Es un decálogo establecido en todo Colombia, la palabra servicio, pero sobre todo con el cuidado y el rigor de los cachacos, adjetivo calificativo con que se define al bogotano y esto es porque ser “cachaco” es sinónimo de elegancia, de buen hablar y buen vestir.
Otro elemento que tiene esta hermosa ciudad es que la gente no ha perdido la inocencia, pese a todos los problemas que la agobian y que parecen no darle tregua.
Nunca se sabe a quién secuestraron o mataron y la guerrilla sigue incólume, pese a todos los esfuerzos. Pero jamás perdieron la sonrisa y la hospitalidad, que le dan sin mesura al amigo, y su intenso deseo de prodigar cariño y alojo al extranjero, al amigo que llega a casa, que al final nunca se siente fuera de ella.
Decidimos ir a comer a las afueras de Bogotá, por Chia, a una parrillada que nos ofrece una variedad única de carnes a la brasa, entre esas, “La Mamona”, carne llanera preparada con unas yerbas que le dan un sabor especial. Pedimos “Chigüiro”, un híbrido de cerdo con comida de monte, pero antes nos calentamos con un canelazo, un calentadito con canela, licor y panela, que sí se le quita a uno el frío, pero de momento. En el medio, nos traen un caldo de costilla y unas arepas boyacenses, acompañadas también con variedades de papas, porque Colombia tiene más de siete, y para terminar, nos tomamos el café en las afueras de la hacienda. Este almuerzo nos dura dos horas y media, no hay apuro, comer con los amigos es un rito que cumplen los colombianos con rigor cachaco.
De postre, pedimos cuajada con melao, que es un queso simple con una miel calientita, que es una delicia y podemos quedar adictivos.
Regresamos a Bogotá, y nos encontramos de frente con ese inmenso verde que tiene esta ciudad, no es un verde cualquiera, son 10 variedades de verdes, de casas y edificios de ladrillos, de enormes avenidas con muchos parques sumamente cuidados, en donde a los perros no se les permite regar cacas, hay letreros que lo dicen “limpie la caca de su perro porque contamina, si no lo limpia se puede encontrar con una multa de 50,000 mil pesos, que son más o menos 25.00 dólares.
Los bogotanos son gente especial, y conocí varios de ellos en muchos años, gente que se levanta a trabajar a las 4:30 a.m. y se bañan con agua helada, también los niños. Les pregunté si no les hacía daño y me dijeron que los inmunizaba contra la gripa, tengo dudas, pero puede ser. Esta gente trabaja desde las 5 a.m. hasta las 9 p.m. en un taxi, en un comercio, en lo que sea, y tampoco hay distingos de sexo ni edad, igual salen ancianos, niños y mujeres todos a buscar el pan nuestro de cada día, con amor de patria y esperanza diaria. Es muy poco probable encontrar a un bogotano que hable mal de su ciudad, así no le guste sus gobernantes.
Esta hermosa ciudad fue fundada en 1538 por Gonzalo Jiménez de Quesada, que, según me cuentan, su nacimiento fue en un pueblito con una iglesia y 12 casitas que parecían un pesebre; hoy, en cambio, cuentan con un sistema de trasmilenio que les permite descongestionar el tráfico y del cual se sienten muy orgullosos, pues tienen un sentido de pertenencia pocas veces visto.
Como dice un lema muy bien vendido, Colombia es bella, lo malo es que te quieras quedar en ella.
*Presidenta de la Fundación Leer.