No soy antipanameño. Debo aclararlo, por si acaso alguna de las personas que leerá esta columna lo pone en duda.
Mariano Rivera se convirtió desde ayer en el mejor cerrador de todos los tiempos en las Grandes Ligas y ya tiene su espacio en el Salón de la Fama de Cooperstown. En otras palabras, su nombre será inmortal dentro de poco.
Su ascenso y sus logros en estos años en el mejor béisbol del mundo los ha ganado a pulso, con sacrificio personal, de su familia y como dice un colega de Puerto Caimito, el estelar de los Yanquis de Nueva York no le debe nada a Panamá, razón por la cual puede hacer con su dinero lo que desee y vivir dondequiera. Hasta aquí tiene toda la razón, pues cuestionar los logros profesionales de Mariano sería propio de eunucos mentales.
Sin embargo, “Mo” ha dejado pasar la oportunidad de erigirse como un ídolo deportivo en el país que lo vio nacer. Su actitud fuera del campo de juego, específicamente en Panamá, es tan criticada por buena parte de la población que su récord no ha despertado las pasiones que se esperaban.
A Mariano nadie le está pidiendo dinero, ni que construya campos deportivos ni que haga filantropía con los millones de dólares que con su sacrificio se ha ganado. Lo que pide la gente que no es seguidora del béisbol o de los Yanquis es que tenga roce con ella.
Pareciera una tontería, pero la niñez y la juventud en nuestro país, presa fácil de la delincuencia en estos momentos, no quiere escuchar historias. Quiere tocar y ver con sus ojos a la estrella a la cual quisiera imitar y esto se le ha resistido por años, sin que haya señales de cambio.
Julio César Ruiloba