Es el título de la muestra pictórica del artista cubano Luis Felipe Oviedo que puede apreciarse en la galería del INAC en las Bóvedas desde el 29 de enero hasta el 20 de febrero.
Por cierto en días pasados, pude evaluar anticipadamente parte de su obra y conversar además un buen rato con el pintor, que el fin de semana pasado, en ocasión de su paso por Chiriquí, tuvo a bien visitarme en mi casa.
En consecuencia puedo adelantarles, que la pintura de Oviedo hace honor al legado y extraordinaria trayectoria del arte cubano impregnado como sabemos, de nombres que constituyen clásicos del arte caribeño, latinoamericano y mundial, como es el caso de Wifredo Lam, Mariano Rodríguez, Víctor Manuel, Amelia Peláez, Mario Carreño, Carlos Enrique, René Portocarrero, Fidelio Ponce y Cundo Bermúdez por citar algunos de los más representativos y destacados artistas de la plástica cubana cuya fama trasciende las fronteras insulares.
En efecto la pintura de Luis Felipe Oviedo no escapa a ese caudal de tradiciones española, africana y china, que conformaron en esencia la cultura cubana, matizada además por el misticismo atávico y el sincretismo religioso de los mitos de la santería. Sin embargo su obra que aborda igual los temas religiosos y esotéricos propios de la Cuba autóctona, constituye empero una propuesta renovada, refrescante y casi mágica, que se aleja del dogmatismo convencional y de los cánones europeos que hasta finales del siglo pasado, ejercieron una notable influencia en la pintura cubana.
Se trata de un discurso visual eminentemente onírico en el que se conjuga por un lado, su sorprendente habilidad como dibujante y el preciso dominio de la perspectiva, con la intrincada superposición de planos y exuberante inclusión de elementos y símbolos, todo lo cual confiere gran fuerza y misterio adicional a su obra. De allí que un solo cuadro de Oviedo, ofrece al observador innumerables lecturas.
Definitivo, el artista hace un uso poético y sensual de los rituales de la santería afrocubana. Conserva la impronta del caribe ancestral, pero sin dejarse atrapar por el peligro de la continuidad. Por instantes sus figuras totémicas de extravagantes tocados nos remiten al arte de Bizancio. Se adivina en el artista cierta pasión por lo barroco, lo que confiere un aire medieval o de antigüedad a su temática. Sus alegorías de la naturaleza son sueños que de forma lúdica el artista hace saltar a la tela. Sombras misteriosas parecidas a orishas, fiel atisbo de un sincretismo religioso sutilmente decantado, surgen como fantásticos seres de auténtica factura y creación íntima del yo interior del artista.
Sin lugar a dudas, el discurso onírico de la muestra pictórica Mojado de Luna de Luis Felipe Oviedo es una singular oportunidad que tenemos los panameños de apreciar buen arte. No dejen de visitar la exposición de este gran artista cubano que estará en Panamá hasta el 20 de febrero, se las recomiendo.