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Monólogo de Alí Dióscoro Jehovantes


“La extensión y el pensamiento son atributos necesarios del Ser Absoluto (frase absolutamente Spinoziana)”.

«Estoy cansado de tanto poder. El dominar la gravedad me deja sin peso, controlar el movimiento de protones, neutrones y electrones no me ha traído la felicidad ni siquiera me hace sonreír. La invisibilidad y la ubicuidad se me enredan y, a veces, soy invisible cuando quiero que me vean y me aparezco en un sitio cuando quiero estar en otro. ¿Velocidades a mí? ¡Oh, vanidad de vanidades!

No me despeina, no me produce vértigos (tanto que hablan los mortales del famoso vértigo: del amor, de las alturas, del deslumbramiento… ¿y yo? Bien gracias). ¿Para qué mi mandato sobre el tiempo, para qué mi alta velocidad, un millardo de veces mayor que la de la imaginación? ¿Qué quiero estar en Plutón? ¡Zas! Allá estoy dando vueltas a ese insípido planeta. Búscame una galaxia que bordee los límites de tu imaginación.

 

La que han catalogado como AMO500-620 (¡Qué faltos de gracia. Mira tú que llamar por letras y números a una fiesta de estrellas que semejan la espiral del principio de la vida), a sólo unos 10 mil millones de años luz la puedo tocar sin hacer sombras. En lo que lees ¡ya! he ido y regresado después de dar diecisiete vueltas a su perímetro. Lo más cercano a una tentación que he tenido es el vago deseo de volver al instante en que se me ocurrió todo, y detener el Big Bang. Pero mi ojo infinito quedaría en el centro de la nada, sin ver nada, sin horizontes posibles, sin mi propia carnadura, sin escrúpulos ni aplausos; sin estrellas deslumbrantes ni seres con hambre. Tampoco eso resulta muy recomendable. Claro que mi siesta inmemorial hubiese continuado con toda tranquilidad. Pero, ¿acaso es tranquilidad la esencia del ser? ¡No! Todo lo contrario. Me gusta desinvidualizarme.

Si estoy en La Tierra y miro un gallote (ningún otro animal domina el aire como ellos), me elevo en la punta de mis humanos pies, como un bailarín sin peso. Me coloco a su lado y el gallote, más allá de la envidia, da una inclinación a sus alas y se desvía de mi presencia. No lo puedo impresionar. Cuánto poder desperdicio. La partícula elemental puede alimentar mi fosforescencia por cinco millones de años. ¡Bah, el tiempo! ¡Qué aburrición! Lo que más deseo me está vedado. ¡A mí!...

Te envidio Pateco, quiero ser humano como tú para estornudar, fornicar y rascarme como cualquier hijo de vecino».

 

Paul Binkley.
Se presenta por primera vez en Panamá gracias al apoyo de la Embajada de los Estados Unidos.


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365856
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América