Desde este lugar, puedo ver toda la ciudad. Los altos edificios de la nueva metrópoli que parecen enormes titanes tratando de rasguñar el cielo con sus esbeltos brazos. Puedo ver la vieja ciudad a la que llaman el Casco Antiguo, ¡ahhhh!, qué recuerdos, qué hermoso bastión que coloniza el mar con su pintoresca punta. En el pasado, según la historia, plaza de fusilamiento, y hoy, verde bóveda de los enamorados; pero también puedo ver el mar, celeste manto encrespado que a veces parece ondear con el soplar del viento, igual que yo, la bandera del Cerro Ancón.
Me encuentro en este lugar desde hace treinta años, aunque ya tengo más de cien. Me colocaron aquí cuando el pueblo panameño y el de los Estados Unidos se pusieron de acuerdo para devolver a Panamá las tierras de la Zona del Canal que fueron ocupadas por los gringos desde nuestro comienzo como República. Realmente es un orgullo para mí ocupar estas tierras que eran dominadas por una nación extranjera, pues desde que nací, había visto dividida en dos, la República que represento.
La lucha para colocarme como soberana dentro de las tierras de la Zona del Canal no fue fácil, pero me lleno de orgullo al recordar que fueron mis jóvenes hijos, los estudiantes del glorioso Nido de Águilas -el Instituto Nacional, el cual vislumbro en las faldas de este montículo- quienes con coraje y gallardía, y a costa de sus propias vidas, me levantaron sobre las tierras ocupadas para emanciparlas del dominio colonial. Hoy, después de 46 años, estas heridas han cicatrizado, pero han dejado una marca muy clara en el corazón de todos los verdaderos panameños, quienes recuerdan con orgullo nacionalista a los mártires que derramaron su sangre por la patria liberada.
Lo que he visto desde este Cerro no ha sido siempre bueno porque, aunque hoy distingo con alegría la prosperidad que parece tener esta hermosa tierra, también fui testigo de un tiempo en el que la sed de poder de algunos pocos hizo que mis hijos estuvieran unos contra otros, tiempo en el que pude divisar desde estas alturas, ojos vendados, oídos taponados y bocas amordazadas. En ese tiempo, levanté lo más alto que pude mi pabellón azul para poner coraje y valentía en aquellos corazones que buscaban la igualdad y la democracia, y para despejar las mentes de los que, cegados por la orden militar, atentaban contra los hermanos de su propio pueblo.
Un día, muy cercano a las fiestas de Navidad, con mucha tristeza me di cuenta de que mi pabellón rojo se había teñido de sangre y con espanto vi a los pájaros de hierro dejando caer sus huevos como bolas de fuego en las laderas de este Cerro. Vi mi tierra convertida en un infierno de llamas y donde todos mis hijos huían como almas en pena; oí gritos, llantos, quejas, lamentos, bombas como truenos, balas silbantes; llantos, gritos, lamentos, pisadas de un ejército extranjero como manada de rinocerontes; llantos, lamentos, ríos de sangre por las calles vacías, olor a carne quemada y finalmente oí los lamentos, sí, los lamentos de las madres que no encontraban a sus hijos, los llantos de los hijos que no hallaban a sus madres, los gritos de hijos y madres muertos y, por último, la queja de la patria, herida de nuevo, profanada de nuevo, invadida.
Han pasado dos décadas desde ese día, y hoy ondeo en un cielo con anhelo de paz y democracia, mas en mis pabellones blancos, insignias de la paz que reina hoy en nuestra tierra, brillan con luz propia una estrella azul para que recuerden que los panameños debemos luchar con valentía contra aquellos que igual que ayer, venden hoy nuestras tierras, nuestra alma y nuestra soberanía, y una estrella roja como recuerdo de que esta patria se forjó con la sangre de sus hijos.
Déjame subir a las alturas del magnífico Ancón que me sostiene y no permitas que en sus faldas ya no viese de Panamá soberana, su belleza y su hermosura.