Que un pelotero panameño firme con una franquicia del béisbol profesional estadounidense se ha convertido en un hecho frecuente en cualquier rincón del país, pero el porcentaje de esos jugadores que logran subir a las Grandes Ligas es mínimo.
Un recuento realizado por este diario reveló que en un periodo de 15 años, de 1996 a 2010, los equipos de las mayores ficharon a por lo menos 300 jugadores; sin embargo, en las últimas 10 campañas (2003 a 2012) solo 9 canaleros subieron al “big show”, es decir un 3%.

Esa mínima cantidad refleja que algo pasa con la evolución técnica de los panameños, si se toma en cuenta que una gran cantidad de ellos firma por jugosos bonos de cientos de miles de dólares y a los 4 o 5 años están de regreso en Panamá.
Los 9 canaleros que lograron su sueño son: Roger Deago, con los Padres de San Diego en 2003; Ángel Chávez, Gigantes de San Francisco en 2005; en 2006 debutaron Carlos Ruiz, con Filis de Filadelfia; Manny Corpas, con los Rockies de Colorado, y David Romero, con los Azulejos de Toronto; en 2007, Manny Acosta subió con los Bravos de Atlanta; en 2009, Luis Durango con los Padres; en 2010, Rubén Tejada con los Mets de Nueva York, y Randall Delgado en 2011 con Atlanta.

Sin hambre de triunfar
Luis Molina, buscador de talentos de los Marineros de Seattle; José Pineda, de los Piratas de Pittsburgh, y Juan Mosquera, de los Atléticos de Oakland, coincidieron en que uno de los principales factores que influyen para que ese 97% de los panameños se queden a mitad de camino es la propia actitud del jugador, a quien no se le ve esas ganas de triunfar.
“Mira, te menciono un caso reciente de un pelotero que una organización de la Liga Americana firmó por 120 mil dólares, y a los 3 años él mismo renunció y se regresó. Aquí la mayoría de los peloteros vive cómodamente y no tienen esa hambre de llegar a ser grandes ligas”, dijo Molina.
Manifestó que situaciones muy distintas viven los dominicanos, quienes crecieron en familias con muchas necesidades económicas, al igual los venezolanos y nicaragüenses, y por eso llegan a las menores con deseos de ser alguien.
Igual planteamiento tienen Mosquera y Pineda, al asegurar que son pocos los que se van a jugar con las metas bien claras y dispuestos a sacrificarse.
Falta de juegos
Otro aspecto mencionado por Molina, Pineda y Mosquera, y que le juega en contra al pelotero panameño, es la falta de partidos, a consecuencia de que no había en el país una buena liga profesional.
“El pelotero panameño juega poco y no es lo mismo jugar, que solo entrenar, tomar roletazos, elevados y realizar sesiones de 5 o 6 rondas de bateo”, recalcó Molina, quien agregó que en Panamá estamos al revés: se entrena más de lo que se juega y debe ser todo lo contrario.
Molina dijo que en pequeñas ligas hay instructores que conocen poco de la pelota rentada y no le corrigen a los peloteros defectos en sus mecánicas de lanzar y de batear, que después les afectan.
Mosquera aseguró que además de no jugar, los peloteros tienen que estar pidiendo permiso y casi rogar para poder entrenar.
El “scout” de los Atléticos mencionó que cuando el pelotero llega a Estados Unidos, luego de su paso por Dominicana y Venezuela, debe tener la suficiente madurez para evitar distracciones como fiestas, mujeres y demás, que en lugar de aportar a sus carreras, influyen en su contra para su futuro.