Mucho orgullo y ninguna contundencia
Mucho orgullo y ninguna contundencia
La Selección de Panamá compitió con dignidad en Toronto, pero la falta de pegada y la parálisis desde el banquillo sepultan un sueño que mereció más atrevimiento. La eliminación de Panamá en el mundial 2026 deja un sabor tan amargo como previsible, pero sobre todo, nos coloca frente al espejo de nuestra propia realidad futbolística.
La derrota por 1-0 ante Croacia en Toronto no fue un baile, ni una humillación, ni un reflejo de inferioridad absoluta; fue, sencillamente, la constatación de que en el fútbol de élite la madurez y los detalles lo deciden absolutamente todo.
El planteamiento de Thomas Christiansen durante la primera mitad rozó la perfección táctica. Un bloque bajo, serio y solidario que logró desquiciar la circulación interior de una leyenda como Luka Modrić y reducir el ataque croata a un monótono e inofensivo festival de centros.
Panamá compitió cara a cara, demostrando que el orden defensivo ya no es una asignatura pendiente, sino una realidad consolidada. Sin embargo, los partidos duran noventa minutos y los gigantes de Europa no necesitan jugar bien para castigar el menor parpadeo.
En medio de ese orden defensivo, es de estricta justicia quitarse el sombrero ante el despliegue titánico de Cristian Martínez. Lo del volante panameño en la mitad de la cancha fue un auténtico monumento a la entrega, la lucha y el sacrificio físico.
Martínez se batió en un duelo colosal contra un mediocampo europeo de primerísimo nivel mundial; mordió en la marca, cubrió hectáreas de terreno, multiplicó las coberturas y se vació por completo dejando hasta la última gota de sudor en el césped de Toronto. Un esfuerzo conmovedor que, lamentablemente, terminó huérfano de acompañamiento en la generación de juego.
Sin embargo, no arriesgar cuando el abismo de la eliminación es inminente deja de ser prudencia para convertirse en pánico escénico. A este nivel, el miedo a perder te condena de antemano. El gol de Ante Budimir en el minuto 53 desarmó todo. Bastó un ajuste en el banquillo croata y un centro preciso para romper la resistencia de Orlando Mosquera.
A partir de ahí, emergió el verdadero drama panameño: la alarmante carencia de pegada y, peor aún, la parálisis estratégica. El técnico nacional volvió a pecar de una evidente falta de experiencia mundialista o de un pánico escénico que congeló sus decisiones.
Sabiendo que nos estábamos quedando eliminados del Mundial, Christiansen tardó una eternidad en realizar las modificaciones necesarias, renunciando a jugársela en el momento de mayor urgencia.
Hubo orgullo, por supuesto. El cabezazo de José Luis Rodríguez que se estrelló en el travesaño tras el milagro de Dominik Livaković y el agónico tiro libre de Michael Amir Murillo demostraron que este grupo no bajó los brazos. Pero cuando las variantes ofensivas ingresaron a quemar ropa, el tiempo ya era el peor enemigo.
Encadenar dos derrotas consecutivas por la mínima diferencia sin haber gritado un solo gol en el torneo es un diagnóstico irrefutable. El fútbol moderno premia la contundencia y la valentía, no la timidez táctica.
Para colmo de males, el postpartido nos deparó un espectáculo bochornoso en la zona de prensa. Las declaraciones posteriores del director técnico afirmando que Panamá todavía tiene oportunidades de clasificar no solo constituyen un error garrafal, sino que desnudan un absoluto e inadmisible desconocimiento del reglamento de la competición.
Que el líder del banquillo canalero no sepa que el equipo está de regreso a casa, pase lo que pase contra Inglaterra, es una auténtica barbaridad. Semejante despiste evidencia que, lamentablemente, el timonel no está, ni estuvo, a la altura de las exigencias ni de la rigurosidad que demanda dirigir en una Copa del Mundo.
Panamá se despide del Mundial antes de lo soñado y el duelo final ante los ingleses se presenta ahora como un trámite exclusivo para salvar el honor.
El proceso de Christiansen ha dotado a la selección de una identidad competitiva encomiable, pero Toronto nos ha enseñado que para cruzar el umbral hacia el siguiente nivel no basta con defender como titanes; es obligatorio reaccionar a tiempo, arriesgar en el campo y, sobre todo, tener un liderazgo en el banquillo que conozca las reglas del escenario donde se para.
El sueño terminó, pero la lección apenas comienza.