V ivimos en un mundo en donde las botellas toman agua y las bolas de carne ensartan tenedores; la bala dispara la pistola, la manzana muerde al diente, el mar flota sobre la sal. La tierra muere y le echamos cadáveres encima, los peces pescan gente mientras fuman habanos y discuten si patacones o ensalada es lo mejor para acompañar un buen tasajo de mujer frita. Aquí decidimos cuándo es el mejor momento para que llueva; y no sólo eso, también decidimos qué lloverá: lagartos, sapos, ropa interior usada, hormigas, y así vamos. Cuando estamos aburridos, pues nos conformamos con que llueva agua.
Se vive bien aquí: es común, por ejemplo, que cuando la gente duerme, sus sueños se escapen de su cabeza; entonces uno puede ver cómo desde los edificios se asoman y conversan con los borrachos de la calle:
-Hey, ¿y tú, sueño, de quién eres?
- De un tal Rob.
-Ah. Oye, ¿y cómo luce Rob?
-Espera, ya vuelvo y te digo.
Entonces el sueño se mete al cuarto, tarda unos segundos y regresa con la información:
-Es bastante alto, tiene un poco de barba y está profundamente dormido.
-Me lo saludas.
-Cómo no, de parte de…
- No importa.
Es divertido conversar con esos sueños. A veces son mujeres con un solo seno, hombres con el falo en la frente, o bueyes que tocan el piano y hablan de cuentistas hispanoamericanos como Salarrué o Uslar Pietri; otras veces son cosas comiquísimas, como aquella ocasión en que un sueño era un hombre superelegante vestido de frac. Me saludaba con la mano, intentaba hablarme, pero no le brotaban las palabras, hacía grandes esfuerzos con su boca hasta que todo lo que le salía eran escupitajos que se convertían primero en mariposas y luego en perritos alados que correteaban en el aire, muy parecidos a esos que les llaman Spaniel. Fue muy cómico, he dicho, pero desde esa noche no duermo. No importa, me queda la diversión de ver qué lloverá el día siguiente.