Andy Murray soltó una sonrisa forzada mientras explicaba la mejor parte de poseer un par de títulos de Grand Slam, uno de ellos el Abierto de Estados Unidos el año pasado, el otro en Wimbledon en julio.
No más cuestionamientos fastidiosos repetitivos, los que escuchó una y otra vez.
“No mucho ha cambiado para mí. Pero lo que ha sido agradable es que, literalmente durante cinco o seis años, realicé una conferencia de prensa antes de cada torneo y después de cada enfrentamiento, y me hacían esa pregunta, en noventa por ciento de las ocasiones: ¿Por qué nunca has ganado Wimbledon? ¿Cuándo vas a ganar Wimbledon? ¿Por qué no has ganado un Grand Slam?”, relató Murray en una entrevista con la agencia AP.
“Así que esa es la cosa que, para mí, ha sido la más agradable: no tener que responder esa pregunta”, agregó, de pie afuera de los vestidores en el Arthur Ashe Stadium, no muy alejado de la fotografía enorme a color y la placa plateada que conmemora su victoria de 2012 en Flushing Meadows. “Ahora simplemente puedo jugar tenis sin tener que preocuparme ya sobre eso”.
Así es. Cuando el último torneo del año se inicie en la cancha dura azul del Abierto de Estados Unidos mañana, Murray tendrá otras preocupaciones.
majorPor ejemplo: ¿Qué se sentirá defender un campeonato de Grand Slam? Es algo a lo que nunca se ha enfrentado, por supuesto.
Sí, para un hombre que ha logrado tanto en los últimos 13 meses, redefinir su carrera y lugar en el juego, Murray aún suena bastante como alguien que abriga un poco de incertidumbre.