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Nanette


Te desilusionaste otra vez, como todos los días, como lo habías hecho durante dos años siempre que oías sonar el timbre que anunciaba la finalización de las clases de baile, pero aún más en esa ocasión porque terminabas el curso y ello significaría no ver más a ninguna de tus amiguitas y regresar con Marina, tu medio-hermana, esa extraña mujer que te mantenía prisionera en tu propia casa. Cómo sería tu tristeza que todavía hoy, sesenta años después, recuerdas la infinita impotencia que sentiste esa tarde y que es la misma que ha marcado desde entonces todos los pasos de tu vida.

Marina tendría entonces como treinta años, cuando su adorado padre regresó de un viaje, casado con tu madre, una bella australiana veinte años menor que él.

Has leído y releído el diario en el que tu progenitora contaba el infierno que fue convivir con esa hijastra desquiciada e hipócrita. Contó que Marina recibió con antipatía la noticia de su embarazo y tu ulterior nacimiento y éstas habían sido casi las últimas palabras que tu madre pudo escribir antes del trágico accidente que acabó con la vida de la pareja.

 

Estabas pensando en esto mientras acariciabas la caja de música que fue durante mucho tiempo tu máximo deleite. Recuerdas que al ritmo de un vals daba vueltas una pequeña bailarina con su trajecito corto y la cabellera rubia, pero hace años que el mecanismo se encuentra atascado, anquilosado, como tu propio espíritu. ¿Qué artilugio podría hacer que ella bailara de nuevo?, te preguntas justo en el momento en que oyes el estridente grito de Marina, quien posee un poder secreto para someterte a su voluntad. Te ves a ti misma idiotizada por el terror, incapaz de pronunciar palabra enfrente de la tirana.

Caminas por el pasillo como una autómata y al llegar a su cuarto te asomas antes de entrar. Marina te exige que llenes su habitación de velas votivas y el reflejo de esas luces opalinas se difumina espectralmente contra los objetos. El aire también está enrarecido con un fuerte olor a humedad porque vive encerrada allí desde hace tres años debido a una caída que la dejó tetrapléjica. Alcanzas a ver a la anciana desequilibrada y caprichosa, parapetada en su cama y envuelta en un chal de estambre; sus manos flacas y pálidas reposan inertes sobre las sábanas. No hace nada más que mirar la televisión que nunca se apaga, pero sin volumen porque en esta casa no hay más sonido que su ensordecedora voz: ¡Nanette! esto, ¡Nanette!, lo otro.

Pero como ha sucedido en otras ocasiones, cuando llegas a su lado ya ha olvidado para qué te llamó, te das cuenta por sus ojos inexpresivos, de mirada hueca, por donde se le ha vaciado la memoria. Marina voltea de nuevo hacia la caja rectangular con imágenes y tú das la vuelta y te vas.

 

Te diriges al sótano porque la caja de música te trajo recuerdos. Bajas los peldaños y revuelves dentro de un baúl de roble donde entre papeles amarillentos y bolas de naftalina mantienes escondido tu tesoro: el diario de tu madre en cuyas páginas ocultaste la única fotografía que por alguna inexplicable razón escapó del fuego con el que Marina decidió quemar todas las pertenencias de su madrastra. Ella misma tuvo la crueldad de contártelo.

Entonces buscas en el fondo y sacas lo más preciado: tu propio vestido de bailarina color rosa con sus zapatos a juego que hace décadas pediste por encargo, al igual que la peluca de rizos amarillos. Te lo pruebas todo frente al espejo, como lo haces siempre que puedes, porque gozas con tu transformación.

Una vez vestida te colocas la peluca y frente al espejo te pones el espeso maquillaje delineando tus labios a lo Betty Boop.

 

Esto lo has venido haciendo durante tanto tiempo que ya ni recuerdas cuándo empezó. Te sientas frente a ese espejo de cuerpo entero y colocas tus piernas en cruz. “Ya no eres la misma, Nanette, ya no eres joven”, te susurra el cristal. Y entonces te fijas en tu propia vejez y una lágrima amarga se descorre por tus arrugadas mejillas coloradas dejando el rastro negro que la oscura pintura de tus ojos hace llegar hasta la boca pintada en forma de corazón.

¡Qué manos tan mustias y envejecidas! —te dices mientras observas cómo se marcan esas horribles venas azules que se bifurcan como riachuelos y convergen en tus dedos engarrotados por la artritis. Debajo de los bucles dorados de la peluca se asoman tus blancos cabellos marchitos y ásperos.

De nuevo escuchas: ¡Nanette, la comida! , pero no haces caso.

 

Agarras una sombrilla amarillenta que siempre ha estado en una esquina y con ella en la mano practicas un paso de baile sin dejar de mirarte al espejo. La imagen de la Nanette que nunca fuiste se subleva en ti. Es entonces cuando se yergue la bailarina que llevas agazapada dentro y por primera vez en decenas de años decides salir a la calle, ¡porque esa niña quiere bailar!

Subes rápido los escalones pisando decidida con los pies apretujados en las zapatillas de ballet y, al pasar frente a la puerta de Marina, que se desgañita gritando, escucharás tu propia voz que te suena desconocida después de tanto mutismo:

—Adiós, Marina —le dices y tomas la manija y cierras de golpe la puerta.

Entre nerviosa y emocionada sales al vestíbulo en el que, por tu excitación, tropiezas con la mesita donde habías dejado la caja de música. Tus manos viejas y torpes no la alcanzan a tiempo y rueda por el suelo donde, súbitamente, empieza a tocar aquella melodía que el paso del tiempo había silenciado.

La tomas sonriendo y con ella en una mano y el paraguas abierto en la otra sales a la calle. Tú también empiezas a dar volteretas y pasos de baile. Poco a poco algunas cortinas se descorren, lo que hace que se te marque en el rostro una amplia sonrisa de felicidad porque tienes público como cuando eras pequeña y acudías a la academia de baile.

Entonces, debido a tu valentía y atrevimiento, e invadida por un placer desconocido, estrenas una carcajada por la juventud recuperada, por tu preciada libertad.


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789884
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América