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Navidad, discordancias y sentido


Se sabe que la época navideña trae consigo, además de lo que ya conocemos, una importante carga de factores que provocan aumento en los trastornos anímicos de las personas, particularmente entre quienes residen en grandes urbes. Los síntomas principales de estas afecciones son estrés, depresión, tristeza y, al final del proceso, hasta suicidios. Pero, ¿es la Navidad la causante?

Es obvio que el exacerbado bombardeo de mensajes publicitarios, por un lado, sumado a las incisivas invitaciones al desenfreno en el consumo de bienes, son elementos coadyuvantes en este fenómeno. Considerado desde un punto de vista racional, no hay razón válida para esto: la Navidad (del latín nativitas: nacimiento) es la conmemoración, por parte de los cristianos, del nacimiento de Jesucristo (es irrelevante discutir si nació en esta fecha o no, o de si se basa en una fiesta pagana; se trata de un arraigado convencionalismo).

Cuando tomamos en cuenta la esencia del mensaje cristiano, el propio pesebre como signo contrapuesto al trono y, en su conjunto, el modo de vida del Divino Maestro, los elementos que mencionamos antes, detonantes de las crisis anímicas de estas fechas, no deberían tener cabida en las celebraciones de Navidad.

 

Todo lo que no sea concordante con ese ejemplo, debería ser desechado, pero hay una tradición y una bien apuntalada campaña para que nuestros pensamientos, actitudes y acciones fluyan en contravía del verdadero sentido de las fiestas decembrinas. En contexto, una serie de factores aviva ese sentimiento de nostalgia durante todo el mes; solo para mencionar el caso panameño, festividades como el Día de la Madre, el fin del año escolar (graduaciones, despedidas), el auge económico por bonos y ahorros, aniversarios como el de la invasión de 1989, el fin de año… todo eso alimenta un sentimiento generalizado de prisa, por un lado, y de alegrías entremezcladas con tristezas, por el otro, en las que se diluye demasiado el auténtico sentido navideño y hace resaltar las carencias del que no se halla a la altura de las exigencias añadidas a las celebraciones.

Y no es, como escuché decir a alguien hace poco, un “mal de nuestros días”. Es un fenómeno del cual la literatura y otras fuentes vienen dando testimonios desde hace rato (basta citar a Charles Dickens y su “Cuento de Navidad”, de 1843, o a Gil Blas Tejeira, con “El retablo de los duendes”, 1945). Ahora bien ¿podemos desligarnos de las influencias que nos llevan a vivir la Navidad de manera tan distinta a lo que representa? No tengo respuestas, se trata de una decisión personal; en cambio citaré en esta columna y la del próximo domingo, las voces de respetables panameños que un día enfocaron la Navidad buscando su verdadero sentido.

Son fragmentos de escritos publicados a mediados del siglo pasado por la revista Lotería, y que es necesario, oportuno, revisarlos otra vez; ojalá este repaso nos ayude a ver, entre la parafernalia de la época, y entre las realidades presentes, la luz que, opacada por los foquitos, los santacloses y la música, sigue marcando un camino muy especial.

 

El gran Belisario Porras (1848-1942) es el primero en opinar, diciendo: “[Jesús], tu vida es un ejemplo de cómo debe vivirse: pero tu palabra fue mejor: la luz, el faro por donde debemos seguir. Todas tus palabras fueron revelaciones de la eterna verdad. Todo paso hacia ti mata toda duda: todo pensamiento o palabra o acto por ti nos lleva lejos, sin desaliento, hacia la gloria del bien”. (Navidad de 1922)

El siguiente domingo conoceremos lo que nos dicen al respecto otros eximios panameños.

Que la palabra te acompañe.


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631852
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América