Como experto en geografía y asuntos urbanos, ambientales y de población, muchos panameños me han reiterado su preocupación por la pobre utilización del Parque Natural Metropolitano.
Localizado en el centro de la capital, este amplio terreno revertido de 276 hectáreas fue destinado a servir de Parque Central de Panamá, desde la negociación de los Tratados Torrijos-Carter. De ello puedo dar fe, puesto que participé en conversaciones bilaterales sobre este tema desde 1973 hasta su final en 1977.
Por diversas razones, esa loable intención fue desvirtuada para mantener dicho terreno boscoso para uso restringido, de manera que sólo recibe como máximo, en promedio, 64 personas al día, cuando el Parque Omar y el área peatonal de la Cinta Costera, mucho más pequeños, acogen muchísimas personas más. Con sus restricciones de uso y su pobre infraestructura, aunque ya con una frondosa burocracia, más de tres cuartos de 1,500,000 habitantes del gran Panamá en crecimiento nunca podrán poner el pie en dicho parque y el último cuarto lo podría hacer una vez en su vida cuanto más, mientras que la mayoría de los 3,500,000 panameños no podremos visitarlo jamás.
Ese parque natural ha funcionado a espaldas de la mayoría de los habitantes de la ciudad que no tiene otras alternativas para gozar de un amplio espacio al aire libre para su esparcimiento y para su interacción con la naturaleza, y en detrimento de los esfuerzos para integrar y articular mejor todo el espacio urbano principal del país, entre las áreas de la antigua Zona del Canal y el resto de la capital.
Bajo la administración del presidente Nicolás Ardito Barletta, que propiciaba el establecimiento en ese lugar de un Parque Central para Panamá, tal como había sido planificado desde la década anterior y creado por la Ley 29 de 1985, el Parque Natural Metropolitano, situado en medio de la ciudad de Panamá y visitado por no más de 24,000 personas al año, no ha servido los propósitos de brindar un lugar de esparcimiento al aire libre y educación ambiental a todos los habitantes que componen el gran Panamá, tal como había sido la intención en las normas sobre su uso aprobadas.
Convertido en sitio acaparado por representantes de una pequeña sociedad de contempladores de la naturaleza, la mayor parte de los miembros de la Junta Directiva de su Patronato se resiste al cumplimiento de la Ley 21 de 1997 que obliga a lo siguiente: «En cuanto al Parque Natural Metropolitano, se actualizará su Plan de Manejo de forma tal que cumpla con los objetivos establecidos en la Ley 8 de 1985, particularmente el de brindar a la población urbana mayores oportunidades de esparcimiento al aire libre, que coadyuve a mejorar la calidad de vida y propiciar el establecimiento de facilidades para la recreación dirigida…» (Ley Nº 21 de 2 de julio de 1997, Anexo I, Plan Regional, Áreas Silvestres Protegidas, en Memoria de la Autoridad de la Región Interoceánica, 1997-1998, p. 155).
En las sesiones de Coronado me tocó, en nombre de la ARI, coordinar los esfuerzos para consensuar el anteproyecto de esa Ley, lo que se hizo por la voluntad de todas las fuerzas políticas y sociales que participaron. En este tema quedó muy claro que había que redirigir los empeños para darle un uso más social al parque como era el propósito original de los gobernantes y de los legisladores que querían un parque central para la ciudad. Así, la Ley Nº 21 de 1997 y que es posterior a la Ley Nº 8 de 1985, amplía y precisa el objetivo señalado al Patronato y el del Plan de Manejo del Parque Natural Metropolitano.
El concepto general que debe guiar el Plan de Manejo del Parque Natural Metropolitano parte de las consideraciones establecidas en el documento El Desarrollo Nacional y la Recuperación de la Zona del Canal de Panamá, publicado por el Ministerio de Planificación y Política Económica en junio de 1978, como primer intento de planificación del Gobierno panameño dirigido a la puesta en vigencia de los Tratados Torrijos-Carter, de acuerdo con la intención de los negociadores que mantuvieron conversaciones con la contraparte norteamericana, relativas a la reversión de dichas áreas a la plena jurisdicción y al pleno uso de Panamá.
Plantea dicho documento el tema en cuestión, en el capítulo III Las Posibilidades de desarrollo en el Sector Pacífico, punto 5. Turismo y Recreación, acápite a: “Parque Central de Panamá.El área de bosques de Curundú es óptima para la construcción de un amplio Parque Central para la ciudad de Panamá, con sus lagos, veredas y áreas de atracciones especiales: zoológico y parque de diversiones. Este apreciado proyecto, que se encuentra en etapa de estudios desde 1969, podrá al fin realizarse en las áreas recuperadas para el pleno uso de Panamá…. La existencia del bosque natural con sus árboles casi centenarios, evitaría la demora en tiempo y el fuerte gasto de recursos necesarios para crear una vegetación semejante. La vecindad de las barriadas residenciales de Los Ángeles, La Alameda, Betania, Curundú, Albrook y Clayton, mejor integradas en el tejido urbano; y la presencia de importantes vías de comunicación como la Avenida Ricardo J. Alfaro y la carretera de La Amistad, que lo atraviesa de Este a Oeste, permite un fácil acceso de la población de la ciudad de Panamá que necesita un área de reposo y recreación en donde predomine el contacto con la vida natural» (pp. 96-97).
Es clara la intención del planificador estatal desde el principio, inspirado en el testimonio, además, de los negociadores de los Tratados Torrijos-Carter sobre el Canal de Panamá, de dotar a la ciudad capital de un verdadero Parque Central que integre mejor las áreas revertidas al resto de una ciudad de Panamá constreñida, hasta entonces, por el límite de la Zona del Canal.
Sin embargo, la acción de un pequeño número de influyentes ciudadanos aupados por el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, propietaria desde 1990 de una grúa de observación del dosel del bosque en esa área central de la ciudad capital ha evitado, de manera sistemática y a lo largo de más de 30, el uso del parque por la mayoría de la población.
En pasadas administraciones presidenciales, la dirección de hecho del Patronato del Parque Metropolitano fue abandonada por la autoridad municipal, a un grupo de personas decididas a apropiarse de su uso sólo para los observadores de aves, algunos científicos y unos pocos millares de privilegiados visitantes al año y evitar, de ese modo, que se integrase mejor a la ciudad de Panamá. Una campaña mediática sistemática, plagada de falacias, ha creado la falsa impresión, en amplias capas de opinión calificada de clases medias y altas que no frecuentan el lugar boscoso porque tienen acceso a casas de campo y, a menudo, a viajes al interior y al exterior del país, de que dicho parque tiene ya el mejor uso posible.
De tal forma, durante más de veinticinco años, se ha mantenido, con la bendición o la pasividad de las autoridades nacionales y municipales y de grupos de pensamiento «políticamente correcto» y «new age», una especie de costoso colchón espacial entre la ciudad de Panamá y áreas de la antigua Zona del Canal, el cual, además, ha evitado que las poblaciones mayoritarias de la ciudad capital, en especial de niveles socioeconómicos subordinados, tengan acceso a esas área. Se evitó el uso social más amplio y justo mediante argumentos falaces como los siguientes: que el parque es el «pulmón» de la ciudad de Panamá; que su bosque primario es eslabón esencial en el corredor biológico entre el Atlántico y el Pacífico; que sirve como centro para recibir a todos los visitantes y estudiantes interesados en la naturaleza, y que ese es el único bosque virgen que existe en el corazón de la urbe, lo que es una primicia universal. No obstante, dichos asertos no tienen ningún asidero científico ni objetivo:
Primero. La ciudad de Panamá, como ciudad costera sometida diariamente a los vientos de mar a tierra y de tierra a mar, de acuerdo con la evolución de la diferencia de temperaturas de la tierra y del agua durante el día y la noche, no necesita del mencionado «pulmón» para limpiar su atmósfera. Además, cuenta dicha ciudad con decenas de miles de hectáreas de bosques al norte del Parque Natural Metropolitano, por donde circulan los vientos alisios, el llamado «Norte» (dirección N, NE y NW), mucho más frecuentes que cualesquiera otros en la capital.
Segundo.El bosque del Parque Natural Metropolitano no es, estrictamente hablando, un bosque primario sino un bosque secundario, puesto que ocupa áreas que fueron, antes de la Convención del Canal Ístmico de 1903, de pastizales, de haciendas ganaderas de personalidades de la capital desde el siglo XVI. Además, como eslabón del pretendido corredor biológico, debemos tener en cuenta que las tierras urbanizadas al sur, este y oeste impiden que funcione como tal.
Tercero.Son sólo no más de 24,000 visitantes los que recibe dicho parque al año, en una ciudad que contiene, en su área metropolitana, más de 1,500,000 habitantes y en un país de más de 3,500,000. Bajo la premisa absurda de «capacidad de carga» no acepta más visitantes y el resultado es una verdadera burla para la inmensa mayoría de los capitalinos y de los panameños que nunca podrán utilizarlo, gente humilde y sin influencia, que no forma grupo de opinión y de presión y que no tiene a ninguna autoridad que la ampare, ni siquiera los representantes o diputados que ha elegido.
Cuarto. Solamente cruzando la calle de La Amistad, igualmente en el corazón de la ciudad, comienzan las 4,590 hectáreas de bosque virgen del Parque Nacional Camino de Cruces, al norte del Parque Natural Metropolitano.
Convendría lograr que el Parque Natural Metropolitano se convierta en un verdadero Parque Central de la ciudad de Panamá, con su flora y fauna tropical preservada en todo lo posible, pero también teniendo como objetivo principal la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos de Panamá. Que se inspire, aunque en el trópico húmedo y de acuerdo con nuestro ambiente natural y lo mejor de nuestra cultura, de los parques centrales de Nueva York (Central Park), San Francisco (Golden Gate Park), Madrid (El Retiro), París (Bois de Boulogne y de Vincennes), México (Chapultepec) o Bogotá (Simón Bolívar). Que acoja todos los fines de semana, a los millares de panameños de la ciudad de Panamá, sobre todo de menores recursos, que no tienen otra alternativa cercana al alcance de sus facilidades de transporte.
Hasta hoy y después de haber llamado la atención en la prensa nacional sobre este asunto, muchos panameños, sobre todo de las capas más ilustradas y responsables, han coincidido conmigo en el deseo que se logre, al fin, que el Patronato del Parque Natural Metropolitano cumpla su responsabilidad de otorgar una función verdaderamente social a dicho parque, que es de todos los panameños y no de un grupito de estudiosos de la naturaleza o de observadores de aves que tienen a su disposición, al cruzar la calle y en los parques Camino de Cruces y Soberanía con más de 26,000 hectáreas, vastas superficies de bosque tropical para su “hobby” o su investigación.
Mi propuesta, que ha encontrado amplio eco, es muy sencilla: que el Patronato libere pronto el Parque Natural para que se convierta en el Parque Central de todos los panameños y se le otorgue, atravesando la calle de La Amistad y al norte, un terreno boscoso y equivalente en el Parque Camino de Cruces que tiene 4,590 hectáreas, para sus actividades más privadas y selectivas, con sus senderos y miradores y, si quieren, que se lleven la grúa de Smithsonian para allá. Se haría para reconocer, como positivo, haber conservado hasta hoy el área libre de los apetitos de la urbanización salvaje y se le ofrecería la oportunidad a dicho Patronato de convertirse en ejemplo de respeto de la ley, de rectitud cívica y de cumplimiento de una auténtica función social. En ello su presidente, el alcalde de la ciudad de Panamá, tiene un reto, una responsabilidad y, sobre todo, una gran oportunidad. Veremos, entonces, si es verdad que en esta materia ¡Ahora le toca al pueblo!